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sábado, 1 de septiembre de 2012

ORIGENES DE LA FRATERNIDAD ANARQUISTA ENTRE PERU Y CHILE


Orígenes de la fraternidad anarquista entre Perú y Chile

Para nadie es secreto el que las poblaciones que habitan en las regiones chilena y peruana no se guardan demasiada estima. El origen de aquella enemistad se remonta fundamentalmente a los tiempos de la Guerra del Salitre (1879-1884), cuando ambos países se enfrentaron por el dominio de las áridas tierras del nitrato y el guano, los principales fertilizantes de la época. Desde entonces y hasta la actualidad, intermitentemente se han sucedido momentos de crisis diplomática y tensión fronteriza, lo cual sumado a otros hechos como el uso electoral y demagógico del nacionalismo, nos demuestra que las heridas abiertas el 79, están, a pesar de los 130 años que nos separan aquellos días, lejos de cerrar. Esta situación ha impedido que los hombres y mujeres de uno y otro lado de la línea artificial que nos separa, podamos sostener una relación de empatía y solidaridad. Los Estados y los nacionalismos que éstos fomentan, constituyen la base del muro que nos divide. Los anarquistas se han preocupado de combatir esta adversa realidad desde que sus ideas arraigaron en la América morena. Como un aporte a la fraternidad universal que nos une con los compañeros libertarios de cualquier parte del Orbe, este breve escrito apunta principalmente a rescatar del olvido los orígenes y las características de los primeros días de la fraternidad revolucionaria entre los libertarios de ambas regiones.

 Sentido y difusión del internacionalismo.

 El anarquismo llegó desde Europa cuando acababa el siglo XIX. No fueron suficientes las numerosas aduanas y los millares de policías fronterizos de todo el continente, para detenerlo durante por lo menos las tres primeras décadas del siglo XX. Muchas de las ideas que se introdujeron eran del todo novedosas y en ciertos casos radicalmente opuestas a las existentes. Esto último debió ocurrir, suponemos, con el internacionalismo, es decir, con la fraternidad revolucionaria sin fronteras. ¿Cómo pretender amar a los que viven del otro lado de los límites estatales, cuando en el casi chileno- peruano una guerra los distanciaba, cuando la escuela y la familia, la prensa, los políticos, y la opinión pública te decían lo contrario?.

 Por medio de su prensa, sus conferencias, sus mítines, sus actos y gestos, los anarquistas señalaron que la Guerra del 79 no fue obra de la decisión soberana de las mayorías, sino más bien del interés de las elites dominantes de uno y otro bando por acaparar lo que entonces se conoció como el “oro blanco”, el salitre. Advirtieron también los libertarios, que la emancipación de los trabajadores de un país requería del apoyo de todos los que padecían similares realidades, sin importar el origen geográfico, racial, nacional o de cualquier otro orden. Su patria –según advertían- era el mundo, ni más, ni menos. Dijeron que la prensa de masas hablaba de nacionalismo para vender más, que los políticos hacían lo mismo para obtener más votos y que la opinión pública y hasta nuestras queridas familias estaban crudamente marcadas por lo que el Estado les obligó a repetir en sus escuelas, en sus ejércitos y en todas sus manifestaciones. Como es de imaginar, tales planteamientos no se quedaron en palabras, los anarquistas de uno y otro lado llevaron a la práctica el internacionalismo en varias ocasiones y no faltó la respuesta violenta del Estado.

 El anarquismo es un movimiento cosmopolita por antonomasia y en las primeras décadas del XX es más o menos fácil de pesquisar las conexiones internacionales dando una breve mirada a la propaganda impresaque estos editaban alrededor de la Tierra. Complejas y fluidas redes de información trasmitían de un punto a otro las nuevas tendencias teóricas o las discusiones doctrinarias, así como los mensajes de solidaridad y las campañas que los diversos espacios y sindicatos libertarios llevaban adelante. El anarquismo de la región chilena por lo menos, era ricamente alimentado desde el río de La Plata, el que a su vez era uno de los principales puentes de comunicación entre el subcontinente y Europa, entonces la principal fuente teórica del ideario.

 Paralelo a ello existía una fuerte relación con los compañeros de la región peruana, a veces deforma permanente y otras de manera esporádica. Esta conexión se materializaba de diversas maneras, en la mayoría de los casos por medio de las publicaciones libertarias que en ambas partes se editaban (El Hambriento, El Oprimido y La Protesta de Lima, o La Batalla de Santiago y El Surco de Iquique, por ejemplo). Las revistas y periódicos se intercambiaban y difundían esmeradamente en ambos países. También se alimentaban recíprocamente con artículos, cartas, notas, informaciones y poemas.

 Uno de los episodios de mayor significación en cuanto a las relaciones fraternales entre los libertarios de ambos lados de la frontera sucedió en 1913. Ese año hubo dos encuentros entre organizaciones mutualistas de ambos países que se plasmaron en “encuentros” primero en Lima y luego en Santiago. En ambos, los anarquistas denunciaron la falsedad del evento puesto a que éste era organizado por los Gobiernos que antes de pretender acabar para siempre con los resquemores nacionalistas, lo perpetuaban, pues esos delegados obreros seguían vivando al Perú y a Chile. Sin embargo dichos actos oficialistas de “fraternidad internacional” no se desarrollaron en armonía con lo que pretendían las autoridades de ambos países. El 3 de agosto, sin ir mas lejos, varios anarcosindicalistas peruanos recibieron a los chilenos en el Callao y entre las palabras de Eulogio Otazú, Delfín Lévano, Pedro Cisneros y el argentino Daniel Antuñano (que mas tarde actuará en el país del sur) condenaron la guerra y el patrioterismo. Semanas después la misma escena se repitió en Chile. Entre los delegados que viajaron a Santiago llegó Eulogio Otazú, anarcosindicalista peruano que inmediatamente tomó contacto con sus afines de esta región, participando activamente junto a ellos en conferencias, veladas y mítines. Incluso hasta se “unió libremente” con Emma Aranda, una compañera santiaguina. En octubre de ese año Otazú se sumó activamente a la huelga general que se dio en Valparaíso y Santiago por motivo de la oposición obrera y popular al retrato forzoso que el Estado chileno intentaba implantar entre los trabajadores. Ese movimiento, por lo demás, contó con el respaldo concreto de los trabajadores del Callao. El anarcosindicalista peruano también ayudó a fundar en Valparaíso a la Federación Obrera Regional Chilena (FORCH), similar a la FORA y por supuesto a la FORP, de la cual era delegado. Por estas actividades el anarquista del norte fue secuestrado en un buque de guerra chileno y luego expulsado del país.

 Antes de Otazú, habían participado en el movimiento anarquista chileno otros compañeros del norte, siendo uno de los más destacados el literato Mario Centore. En 1898 Centore editó en Tarapacá el periódico La Voz de Abajo y luego colaboró en las publicaciones libertarias La Campaña de Santiago (1899-1902) y La Antorcha de Valparaíso (1900), e incluso editó en Santiago un folleto sobre el amor libre cuyo titulo fue “De la vida i el amor. Cuentos i novelas breves” (Imprenta Gillet, 1900).

 Más tarde, los importantes agitadores criollos Luís Olea y Jose Briggs, quienes tras la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique en 1907 huyeron al Perú, actuaron en Lima junto a los editores de El Hambriento. Significativo por lo demás es recordar que en dicha masacre los trabajadores peruanos, a pesar de ser advertidos por su cónsul para que abandonasen la escuela ya que el uso del Ejército para sofocar la huelga era un hecho, se quedaron a correr la misma suerte que sus pares de esta región, solidarizando y muriendo juntos aquel 21 de diciembre. “Con los chilenos vinimos,con los chilenos morimos”, dijeron. Luego, en 1920 el conocido anarcosindicalista peruano Nicolás Gutarra participó de una gira de propaganda libertaria con la sección chilena de la central anarcosindicalista Industrial Workers of the World (IWW). Al igual que con Otazú, a Gutarra lo expulsó el Estado chileno a la fuerza, esta vez utilizándose la Ley de Residencia que desde 1918 facultaba la expulsión del país de todo extranjero de ideas “disolventes”.

 Estos y otros sucesos nos permiten sostener que por lo menos en las primeras tres décadas del siglo XX la comunicación y la relación entre los anarquistas de ambos lados de las fronteras, fue mas o menos fluida y mutuamente enriquecida. Ahora quisiéramos detenernos un poco al papel que estos cumplieron en los momentos de tensión internacional, lo cual ejemplificaremos con sus campañas contra las ligas patrióticas y contra la Guerra.

 Coincidiendo con periodos de crisis diplomáticas con los países del norte, entre 1910 y 1912 y luego entre 1918 y 1922, surgieron en todo Chile numerosas organizaciones nacionalistas que se hicieron llamar “ligas patrióticas”. A diferencia de sus pares argentinos (de funesta acción contra la FORA), las chilenas no estaban unificadas, siendo distintas unas de otras. Entre las más violentas se encontraron las que funcionaron en Iquique y las oficinas salitreras del norte chileno. Organizadas por lo que hoy identificaríamos como clases medias y con la benevolencia de la misma Intendencia de la provincia, estos órganos se dieron a la tarea de hostigar a la población peruana y boliviana que quedó en las provincias de Tacna, Arica, Tarapacá y Antofagasta, luego de que el Estado de Chile se las arrebatara a Bolivia y Perú en la Guerra del 79. Pateaduras, asesinatos, escarmientos públicos, listas negras, todo se usó para atemorizar a los antiguos habitantes de la zona, sometidos ahora a un nuevo Estado.

 Manuel González Prada

 Los anarquistas respondieron, junto a los socialistas, difundiendo manifiestos y denunciando el accionar violentista de los chovinistas y esto no es menor cuando toda la prensa de masas calló sistemáticamente lo ocurrido. En ocasiones golpearon a los suplementeros del periódico anarquista El Surco y a su vez el diario socialista El Despertar de los Trabajadores fue asaltado y empastado por denunciar la barbarie chovinista. La misión de los anarquistas –y socialistas- era difícil pues tenían que bregar por el internacionalismo entre trabajadores que no estuvieron exentos a la influencia de las ligas patrióticas, las que les sugerían que un peruano trabajando en las oficinas salitreras implicaba un chileno cesante más. La osadía libertaria también fue pagada con la cárcel, como en el caso del catalán Ramón Rusignol, detenido en 1919 por repartir unos manifiestos en el poblado de Caleta Buena contra la guerra enviados por La Protesta de Lima.

 Pero fue en 1920 cuando el internacionalismo debió enfrentar su principal desafío en la región chilena. En julio de ese año corrió el rumor de que un golpe de Estado sucedido entonces en Bolivia había sido orquestado en realidad por Lima y que dichos países se enfrentarían a Chile para recuperar lo perdido cuatro décadas atrás. En Santiago, aún sin corroborar los datos, se ordenó movilizar 15 mil reservistas a la frontera norte (“Guerra de Don Ladislao”). Los libertarios, la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) y otras organizaciones obreras se negaron al llamado belicista apelando al internacionalismo y a la paz entre los pueblos. Fatal decisión. La FECH fue saqueada en pleno día y similar suerte corrió la Federación Obrera de Magallanes (FOM) en el extremo sur del país, incendiada ésta última por las ligas patrióticas. Las organizaciones anarquistas por su parte eran víctimas entonces de una persecución masiva (Proceso a los subversivos) originado en un montaje policial. Es importante señalar que todos los internacionalistas padecieron por aquellos días el mote -carente de todo sustento real pero útil a los poderes del Estado- de estar “al servicio del Perú”. Según esa creencia, los anarquistas eran agitadores extranjeros y espías pagados por el oro de Lima, deslegitimándose con ello toda huelga o reivindicación obrera. Sabemos que en Perú no faltaron quienes acusaron de siervos del oro chileno a los anarquistas de aquellos lados por similares motivos. Por supuesto la acusación del espionaje en favor del Perú era una invención, por lo mismo y luego de unos meses de infructuosa investigación, fueron liberados todos los presos libertarios.

 Opacada esta coyuntura belicista visitó el país en 1922 el joven dirigente estudiantil peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, siendo calurosamente bienvenido entre los anarcosindicalistas locales, particularmente entre los IWW. Entonces Haya de la Torre, posterior líder del APRA, todavía parecía ser “discípulo” del eminente libertario peruano Manuel González Prada. Desde acá se enviaron fraternales saludos a los trabajadores peruanos sosteniendo que la solidaridad y la armonía la conseguirían los pueblos y no los gobiernos. Éstos y una serie de sucesos y hechos no relatados en este breve escrito, caracterizan las primeras horas de la solidaridad entre los anarquistas de las regiones chilena y peruana, sin duda aquella relación alcanzó su dimensión mas estrecha durante estos años (primeras tres décadas del siglo XX), que coinciden además con el auge del anarcosindicalismo en la América Latina. Hemos explorado algunos aspectos de esa relación de forma introductoria para que en algún tiempo más se investigue dicho aspecto con mayor profundidad y sistematización. A su vez, actualizamos el llamado a la solidaridad y a la hermandad internacional entre los compañeros de ambos márgenes para quejuntos derribemos definitivamente ese muro innecesario que nos separa.

 Escrito por Manuel de la Tierra

 Grupo Anarquista El Surco, Santiago,

 Región chilena

 

Notas:

 1. La Guerra del Pacífico, para el caso chileno, fue la solución perfecta para la crisis económica que este país atravesaba desde 1874. La posibilidad de expansión antes de la guerra (expectativas) y la concreción de ésta luego (inversión), salvaron al país de la banca rota. Al respecto ver Luís Ortega, Chile en ruta al capitalismo. Cambio, euforia y depresión 1850-1880, DIBAM, Santiago, 2005. (Poner las páginas de estas ideas, para los peruanos puede ser interesante este planteamiento).

 2. Hasta nuestro querido González Prada padeció de la fiebre chovinista por algún importante tiempo de su vida. Ver, por ejemplo, sus Horas de Lucha, Ediciones Peisa, Lima, 1969, p. 32 -38.

 3. Sobre la nación, el nacionalismo y algunas alternativas anarquistas al respecto, publicamos una nota llamada “Los anarquistas y el bicentenario. Apuntes algo actuales contra el nacionalismo”, El Surco, Santiago, No 18 y 19, agosto y septiembre de 2010 y en Ekintza Zuzena no38 de Bilbao.

 4. Ver el artículo de Christian Ferrer, “Átomos sueltos. Vidas refractarias” en su libro Cabezas de Tormenta. Ensayos sobre lo ingobernable, Anarres, Buenos Aires, 2006.

 5. Véase, Centro Internacional Obrero de Solidaridad Latino-Americana, Confraternidad obrera chileno peruana. Una actuación histórica 1913-1917, Imprenta Lux, Lima Perú, 1928.

 6. Los hechos que se narran son ampliamente cubiertos durante estos meses por el periódico anarquista La Batalla de Santiago. En cuanto al Perú, hemos revisado los ejemplares del periódico La Protesta de Lima del 30 de junio, de agosto, septiembre y noviembre de 1913.

 7. Ricardo Melgar Bao, “El anarquismo y la cultura de las clases y minorías subalternas en Perú”, 2011

 8. “Unión Libre”, La Protesta, Lima, Noviembre de 1913.

 9. Camilo Plaza, “¡Abajo la marca humana! El Estado, los trabajadores y el retrato en disputa (1913 y 1917)”, Inédito, 2008; y Eduardo Godoy, “1907 (Iquique) y 1913 (Valparaíso): Debacle y rearticulación. Dos hitos en la historia del movimiento obrero-popular chileno”. En: Sergio González, Pablo Artaza, Susana Jiles (Editores), A cien años de la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, Editorial LOM, pp. 253 – 270. Véase, asimismo, Luis Tejeda, La Cuestión del Pan. El anarco-sindicalismo en el Perú, 1880-1919. Instituto Nacional de Cultura, Banco Industrial del Perú, Lima, 1986.

 10. Sergio Grez, Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de “la Idea” en Chile, 1893-1915, LOM, Santiago, 2007, p. 51, 52, 93, 149, 150 y 182. Véase también: Eduardo Godoy Sepúlveda: “Lucha temperante y ‘amor libre’. Entre lo Prometeico y lo Dionisiaco. El discurso moral de los anarquistas chilenos al despuntar el siglo XX”, 2009 (Inédito), p. 19-27.

 11. Eduardo Devés, Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre, Documentas, 1989.

 12. Víctor Muñoz, Armando Triviño: wobblie. Hombres, problemas e ideas del anarquismo en los años veinte, Quimantú, Santiago, 2009.

 13. Una completa investigación al respecto es Sergio Gonzalez, El dios cautivo: Las Ligas patrióticas en la chilenización compulsiva de Tarapacá (1910-1922), LOM, Santiago, 2004.

 14. En Santiago no se supo nada mediante la prensa de masas y en Tarapacá las notas eran evidentemente “suavizadas”. Véase por ejemplo los periódicos La Provincia y El Tarapacá de Iquique o El Mercurio y El Diario Ilustrado de Santiago.

 15. “Pieza Jurídica”, El Surco (Iquique), 18/9/1919

 16. Mario Araya, Los wobblies criollos: Fundación e ideología en la Región chilena de la Industrial Workers of the World-IWW (1919-1927), Tesis de Historia, Universidad Arcis, Santiago, 2008

 17. En la región chilena dramático fue el caso del libertario Julio Rebosio, acusado de ser espía peruano y por lo mismo condenado y torturado por más de un año.

 18. Víctor Muñoz “Arde la patria: Los trabajadores, la Guerra de don Ladislao y la construcción forzosa de la nación en Chile (1918-1921)”. http://www.pacarinadelsur.com/home/oleajes/164-arde-la-patria-los-trabajadores-la-guerra-de-don-ladislao-y-la-construccion-forzosa-de-la-nacion-chile-1918-1922.

 19. Sobre su permanencia en Chile: Luís Alberto Sánchez, Haya de la Torre o el político, Ercilla, Santiago, 1936, p. 76 y ss; “Estudiante peruano”. Verba Roja, 1/6/1922 y “Mensaje a los trabajadores del Perú”, Acción Directa, Santiago, 15/6/1922. En 1921 los IWW chilenos invitaron sin éxito a las organizaciones afines peruanas y sudamericanas a un congreso internacional. Ver “Congreso Internacional Obrero”, La Voz del Panadero, Lima, agosto de 1921. Antes y después hubo otras iniciativas sin mayor éxito hasta la fundación de la ACAT en 1929, en Buenos Aires, aunque entonces el anarcosindicalismo sudamericano estaba bastante mermado.

 Articulo publicado en el periodico ”Accion Directa” N°1, 2011 – pag 5-7

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