EL 31 DE AGOSTO HACE 96 AÑOS NACIÓ NUESTRO COMPAÑERO JOSE
LUIS GARCIA RUA
MEMORIAS DE JOSE LUIS GARCIA RUA
Al entrar en el domicilio granadino de José Luis García Rúa
se escucha la lengua griega. El veterano anarquista gijonés (31 de agosto de
1923), fundador en los sesenta de la Academia Obrera de la calle Cura Sama,
explica latín, griego y alemán a uno de sus nietos. «Se llama Héctor, un nombre
clásico». Doctorado en 1955 por la Universidad de Salamanca en Filología
Clásica -con la tesis «El sentido de la interioridad en Séneca»-, García Rúa
será después profesor adjunto de Antonio Tovar y ampliará estudios en Múnich.
Sin embargo, en 1958 renuncia «a la adjuntía de Salamanca» y al año siguiente
«al lectorado en Maguncia, aplastado por la burocracia y el estilo posprusiano
alemán». Regresa entonces a Gijón y encabeza la oposición antifranquista con la
creación de la Sociedad Cultural Gesto o de la citada Academia de Cura Sama. Su
actividad política provocará que lo expulsen de la Universidad de Oviedo, con
lo que a partir de 1971, ya como militante de la CNT, iniciará un periplo
personal de «perseguido político» por el que, «pese a no hacer proselitismo»,
es expulsado de varios centros educativos andaluces. Finalmente, será adjunto
titular de Historia de la Filosofía en la Universidad de Granada, donde se
jubila como profesor emérito en 2003.
Varios sucesos de su vida lo marcarán. Ante el cadáver de su
padre -durante el cerco a Oviedo, al comienzo de la Guerra Civil-, un compañero
anarquista de éste le dice a aquel chaval de 13 años: «No llores; cuando seas
grande ya lo vengarás». «Aquello se me quedó grabado; yo no soy un hombre que
ame la violencia y quizá la manera de vengarlo ha sido mi fidelidad a la causa
obrera». Poco después, en el Orfanato Miliciano Alfredo Coto, en Gijón,
recibirá una lección de entereza del anarquista gijonés Eleuterio Quintanilla.
«Estábamos en un examen de Francés y sonaron las sirenas de la aviación; cinco
permanecimos en el aula y oímos aproximarse las explosiones y temblar los
cristales, pero Quintanilla no se inmutó. Fue una gran enseñanza sobre la
necesidad de dominarse en situaciones comprometidas, de no dejarse invadir por
el miedo». Más tarde, huido ya a Francia con su familia, una traducción suya
del francés revolucionó la colonia de jóvenes, mujeres y ancianos en la que
estuvo recluido, en Lorgues, la Provenza. «Se pasaba hambre y el Alcalde puso
un anuncio en el que decía recibir tan sólo cinco francos diarios por cada
persona, pero yo había leído en un periódico que el Gobierno de Negrín daba a
Francia quince francos diarios por refugiado; traduje aquella noticia y la puse
al lado de lo que había escrito el Alcalde. No imaginé que cuatro palabras
pudieran tener el efecto que causaron».






