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jueves, 1 de agosto de 2019

EN DEFENSA DE LOS PUEBLOS NATIVOS


EN DEFENSA DE LOS PUEBLOS NATIVOS

La historia de los pueblos, son escritas por los vencedores y por lo tanto, la de los vencidos, volcada al ostracismo, relegada y culpabilizada por una intolerancia infinita que los expropian de sus tierras, de su moral y costumbres, de su libertad y sus vidas. Nada justifica tales actos ignominiosos y contra ellos hemos de revelarnos demostrando y activando nuestra solidaridad internacional. Que sus historias crezcan y permanezcan en nuestra memoria.

Mi primer grano de arena se ha inclinado hacia dos pueblos (existen más de trescientos) que llaman profundamente mi atención y que respeto profundamente por la riqueza de su organización social, por su rebeldía y por su imponderable “democracia directa”: IROQUESES Y MAPUCHES.

Es evidente que cuando comenzamos a leer, lo hacemos de forma dubitativa e inconstante. Con el tiempo (no sin esfuerzo)  con perseverancia y empeño, logramos convertirla en una soberana y hermosa pasión. En ése caminar, de tropezón en tropezón, apenas sin entender, hasta que lo releemos años más tarde y logramos comprender, los por qué y sus enseñanzas. Vamos pasando de un libro a otro, obligado por su contenido, sus notas y referencias.            Fue así como creció en mí un gran interés por el conocimiento de las ideas y la toma de conciencia, en la relación del hombre con la naturaleza. El Apoyo Mutuo de Piotr Kropotkin y el Hombre y la Tierra de Élisée Reclus  fueron obras que me marcaron y señalaron un camino, en la defensa de los  pueblos autóctonos, derrotados y oprimidos; física y culturalmente masacrados por los Estados, cuya ambición de poder es inagotabables.

 LOS IROQUESES


Gracia a la lectura del Origen de la Familia de Friedrich Engels, supe de Lewis Henry Morgan, considerado uno de los fundadores de la antropología moderna. A través de él pude ilustrarme y comprender, la grandiosidad de la organización social y económica de los pueblos Iroqueses.
Estos pueblos se constituían en una cultura matrilineal, donde la tradición y las decisiones más importantes pasaban por la senda de las mujeres. El clan o la comunidad estaba constituido por familias centradas en la mujer. Los hijos recibían el nombre del clan de la madre. Eran las mujeres, las que elegían a los nuevos jefes y a los cincuenta delegados o hombres buenos para los Concilios de las Cinco Naciones y además administraban lo que se debía cultivar y su extensión. Tenían vigente una especie de matrimonio fácilmente disoluble por ambas partes, la descendencia de este tipo de parejas era reconocida por toda la tribu, pero los iroqueses no solo llamaban hijos e hijas a los suyos propios sino a todos los hijos de sus hermanos, por el contrario llamaban sobrinos y sobrinas a los hijos de sus hermanas. 

Las naciones conservaban su soberanía y participaban en las decisiones de la Confederación y la responsabilidad de proteger la paz, el mundo natural y las futuras generaciones.
En 1640 se desató la Guerra de los Castores, donde los iroqueses quedaron enfrentados a los franceses aliados con las tribus algonquinas por el monopolio de las pieles alentados y manipulados por holandeses, franceses y británicos.

En conjunto estos pueblos constituyen la más antigua democracia participativa de América, y tuvo una influencia directa tanto en la democracia y el constitucionalismo, como en la idea de la igualdad de mujeres y hombres en la sociedad moderna. En especial Benjamín Franklin, quien tuvo trato directo con ellos en 1753, destacó en sus obras que el grado de autonomía individual que gozaban los habitantes de la confederación era desconocido en Europa y publicó los tratados indios, considerada como una de sus obras más importantes.

Todas las tribus se organizaban en un sistema de clanes con diferentes denominaciones. Se dividían en ohwachira (gran familia), cada una de las cuales tenía un Oyaron (espíritu protector propio) y eran de tipo matriarcal, hecho que se reflejaba en la costumbre de que el niño recibía un nombre del clan de la madre. Ningún hombre podía presidir un clan y ninguna mujer ser jefe militar o Sachem. A las jefas de los clanes correspondía elegir a los jefes militares.

La casa comunal era un rasgo característico de los pueblos iroqueses. Cada una de ellas constituía un microcosmos de la comunidad entera y se convertía en un símbolo de su identidad. Así, normalmente hablaban de ellos mismos como "El pueblo de las casas comunales".

Algunos iroqueses fueron convertidos al catolicismo y lucharon contra los que habían mantenido la religión nativa. Durante las luchas por la independencia de Inglaterra los iroqueses se dividieron, una parte apoyó a los ingleses y otra peleó al lado de los rebeldes. Los norteamericanos invadieron los terrenos de los iroqueses, los vendieron y fragmentaron su cultura enfrentándolos. Después de la independencia de los Estados Unidos gran cantidad de iroqueses tuvieron que emigrar a Canadá y el resto fue desplazado de sus territorios originales.

LOS MAPUCHES

Si en el caso de los iroqueses mi atención hacia su historia fue debida a la lectura del Origen de la Familia, la de los mapuches me abordó a contra mano, y por mi propia familia. Lo cierto es que mi hija Susana, ha vivido en Chile cerca de trece años, dedicada a sus estudios y posterior empleo como profesora e investigadora de biología en las universidades de Concepción y de Chillán. De su relación con Julio su pareja nos gratificaron con un hermoso niño hispano chileno: mi primer nieto. En sus visitas, siempre me aportaba algún detalle; entre los que más me agradaron fueron: una bandera mapuche y  un libro editado por Pehuén, sobre el testimonio de un cacique mapuche llamado: Longo Pascual Coña. Pero sobre todo ha sido el trabajo de José Bengoa: Los Mapuches: historia, cultura y conflicto  quién me ha permitido un mayor entendimiento y comprensión sobre la historia y los problemas actuales de éste gran pueblo. Vaya para José Bengoa mi agradecimiento  por poder mostrar parte de su trabajo.

Los Mapuches son el pueblo nativo más numeroso de Chile. Casi un millón de personas se consideran miembros de esa cultura. La historia del país es inseparable de la historia mapuche. Los españoles los denominaron araucanos y la voz la hizo famosa en el poema de La Araucana, del poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga. Habitaban a la llegada de los españoles un enorme territorio desde los valles al norte de lo que hoy es la capital de Chile, Santiago, hasta donde comienzan las islas del Sur, el Archipiélago de Chiloé. Hoy, habitan en comunidades rurales en el sur de Chile y en menor medida en el sur de Argentina y muchos han migrado a las ciudades. Es un pueblo con una fuerte identidad y que mantiene vivas la mayor parte de sus tradiciones y su lengua.

Los mitos de origen de los mapuches muestran hasta el día de hoy esa lucha despiadada entre la tierra y el agua, entre la lluvia y las montañas, siempre refugio para los humanos.

Allá en el fondo del mar en lo más profundo, vivía una gran culebra que se llamaba Kaikai. Las aguas obedecían a las órdenes de la culebra y un día comenzaron a cubrir la tierra. Había otra culebra tan poderosa como la anterior que vivía en la cumbre de los cerros. El Ten Ten aconsejó a los mapuches que se subieran a los cerros, cuando comenzaron a subir las aguas. El agua subía y subía y el cerro flotaba y también subía, los mapuches se ponían cantaritos sobre la cabeza para protegerse de la lluvia y el sol, y decían cantando Kai, Kai, Kai, y respondía, Ten, Ten, Ten, Hicieron sacrificios y se calmó el agua, y los que se salvaron bajaron del cerro y poblaron la tierra.

El centro de la cultura mapuche antes de la llegada de los españoles se encontraba alrededor de los grandes ríos del sur de Chile. Podemos denominarla como una “sociedad ribereña”, ya que transcurría a las orillas de los ríos y lagunas que abundan en esa parte del territorio. Por sus aguas remaban en sus canoas, algunas muy grandes, se reunían en hermosos parajes, denominados “aliwenes”, donde realizaban sus fiestas interminables. Era una sociedad opulenta. Una “sociedad sin Estado” donde la cortesía permitía que se mantuviera la paz. Los jefes, llamados “lonkos” o cabezas, dictaban justicia sentados en amplios asientos de madera bajo los árboles. Sus sentencias eran inapelables. Enormes familias poligámicas permitían que se relacionaran todos con todos y que la sociedad mapuche fuera una red entrelazada de parientes.

Todo cambió terriblemente con la Conquista. Ha sido sin duda una de las situaciones más duras y brutales que ha existido en la historia humana: mundos, sociedades, culturas, seres humanos que no se conocían, ni tenían idea siquiera de su existencia. Lo que ocurrió es conocido. Los conquistadores españoles demostraron un ímpetu vertiginoso. En unas pocas décadas cruzaron desde el mar Caribe hasta el estrecho de Magallanes en el extremo sur americano. Su pasar no fue suave sino apasionado, revuelto, codicioso, habría que decir también tormentoso.

En el sur de Chile vivía una población cercana al millón de personas. En menos de cuarenta años se produjo una catástrofe humana y poblacional. Los mapuches fueron diezmados y la población quedó reducida a menos de doscientas mil personas. No se levantará de esa cifra hasta fines del siglo veinte. Las pérdidas por el lado hispánico no fueron pocas y entre ellos sucumbió el Gobernador y Conquistador de Chile, Pedro de Valdivia. El joven guerrero, conocido como Lautaro, lo venció en Tucapel, en el sur del territorio.

La “Pacificación de la Araucanía”, como se denominó esta operación, se realizó en el marco pleno de la legalidad republicana del Estado chileno. Decisiones tomadas en el Congreso nacional, presupuestos aprobados, regimientos del ejército regular de la República, coroneles y generales profesionales, etc… No es como puede creerse una historia de aventureros desalmados. Por el lado chileno dirigía las operaciones el Ministro del Interior Señor Manuel Recabarren y por el lado Argentino el entonces Coronel y próximo Presidente de la República Julio A. Rocca. Una operación pinzas, concertada, coordinada, terminó con la oposición “araucana”.
El 24 de febrero de 1881 es fundado el Fuerte Temuco en medio de la Araucanía y el 1 de enero de 1883 se refunda la ciudad de Villarrica que había sido destruida por los mapuches o araucanos hacía casi tres siglos antes. A partir de 1884 comienza el proceso de radicación de indígenas en reservaciones. A las agrupaciones mapuches se les entregan “Títulos de Merced” por esas propiedades. Un promedio de 6 hectáreas por persona. En total se les entregó quinientas mil hectáreas a un poco menos de cien mil indígenas, dejando a muchos sin tierra. Tres mil comunidades o reservaciones fueron constituidas entre 1884 y 1927, en que concluyó el proceso. La rica sociedad ganadera fue reducida a un pequeño espacio, empobreciéndose mediante la fuerza. A partir de esta situación comienza un complejo conflicto indígena en el sur de Chile que dura hasta el día de hoy.
¿Es posible una convivencia en Chile, de una sociedad criolla moderna, o que se autoconsidera camino a una modernidad avanzada, y formas de expresión autónomas de la sociedad indígena mapuche? ¿O cómo dicen los párrafos del epígrafe, se los obligará a la pertenencia a la común ciudadanía sin apelación? ¿O simplemente, como dice otro comentarista también anotado, se los deberá reprimir y “encerrar” hasta que se extingan? Si los mapuches no se movilizan, por cierto que la cuestión étnica desaparece. Es lo que ha ocurrido cada vez que se llega al límite de las presiones como han sido estas huelgas de hambre prolongadas. La sociedad vuelve a olvidarse de su existencia y la “normalidad” se apodera de los satisfechos. Pero la historia que resumidamente hemos relatado en este artículo, y por eso vale el recurso a la Historia, muestra que no ha sido así. Cada cierto tiempo, en una suerte de ciclos trágicos, se rearticulan las demandas, se levantan las movilizaciones y la reacción del Estado vuelve por sus mismos caminos.

Pepe Gómez, militante de CNT.AIT                         Puerto Real, Diciembre 2017

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