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miércoles, 6 de diciembre de 2017

LOS PRIVILEGIOS DE LA IGLESIA EN LA CONSTITUCION DE 1978


Religión en las aulas, exenciones fiscales y financiación pública: los privilegios de la Iglesia que blindó la Constitución del 78

Este 6 de diciembre, día de San Nicolás de Bari, se celebra el 39 aniversario de la Constitución. Una fecha idónea, la del santo al que muchos asocian con Papá Noel, para desgranar la batería de regalos, en forma de privilegios fiscales, educativos y patrimoniales de los que disfruta la Iglesia católica en España, en virtud del texto constitucional y del Concordato que, aunque firmado posteriormente (el 3 de enero de 1979), fue negociado con anterioridad entre los obispos y las autoridades del posfranquismo. Algunos, incluso, los tildan de preconstitucionales.

Pese a que, en la Constitución, España se declara un país aconfesional, la Iglesia católica es la única institución no vinculada a los tres poderes del Estado o la Corona a la que se cita expresamente, y a la que se concede un reconocimiento en base a la entonces indiscutible mayoría católica entre la ciudadanía.

No siempre fue así. De hecho, en el primer anteproyecto que los padres de la Constitución presentaron en enero de 1978, no se incluía mención alguna a la Iglesia católica. El artículo 16 se quedaba en: "Se garantiza la libertad religiosa y de culto (…). Ninguna confesión tendrá carácter estatal", como reza en los dos primeros puntos.

Sin embargo, la presión de algunos eclesiásticos (de línea contraria a la del cardenal Tarancón, quien sí apostaba por la aconfesionalidad estatal plena) hizo que en el segundo anteproyecto, fechado en mayo de ese año, se añadiera un tercer punto, en el se garantizaba que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones".

Prolongación del Concordato

Una mención específica que sirvió de base para, posteriormente, aquilatar los privilegios que Franco había otorgado a la Iglesia católica tras el Concordato de 1953, en un nuevo marco legal, sobre el papel plenamente constitucional pero que cada vez más expertos rechazan. De hecho, la votación del 16.3 de la Constitución fue mucho más reñida que la de los dos puntos anteriores, aprobados con 312 votos a favor y tres abstenciones. El apartado 3 sumó 197 votos a favor, dos en contra y 112 abstenciones.

Junto a esta mención, el texto constitucional también incluyó en el artículo 27.3 "el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Con esta mención se abría la puerta a la c onsagración de los conciertos educativos, que en la práctica supusieron la puesta en marcha de una escuela "paralela" a la pública, con casi tres mil centros escolares con ideario propio y donde se educa en los principios regulados por la Iglesia católica. En caso de colisión, ahí estaban los Acuerdos Iglesia-Estado.

A ello se sumaba, en 1980, la Ley de Libertad Religiosa, que acabó consagrando, en la práctica, los funerales católicos de Estado (el último, en la Sagrada Familia, tras los atentados de Barcelona), la presencia de símbolos religiosos en las tomas de posesión o la participación de cargos públicos en celebraciones litúrgicas, situando al resto de religiones (a los ciudadanos sin confesión alguna) en una clara situación de indefensión.

Escorado hacia el catolicismo

Los acuerdos suscritos el 3 de enero de 1979 fueron negociados a la vez que el texto constitucional, y aprovecharon los recovecos que dejó abiertos la Constitución para apuntalar un Estado aconfesional en la letra, pero netamente volcado con la Iglesia católica en la práctica.

Así, en virtud del reconocimiento específico de la Iglesia católica en el 16.3, los obispos consiguieron la firma de cuatro acuerdos en materia económica, educativa, cultural y de presencia en las Fuerzas Armadas que hoy permite, según cálculos de Europa Laica, que la Iglesia católica reciba algo más de 11.000 millones de euros anuales de las arcas públicas.

Ese cálculo incluye las exenciones fiscales como en el caso del IBI valoradas en 3.000 millones al año, 4.600 millones para pagar a los 35.000 profesores de Religión y los conciertos con los centros religiosos, 3.200 millones para dispensarios y centros para transeúntes, como hospitales y centros de salud dirigidos por órdenes religiosas, y otros 500 millones para la conservación del patrimonio artístico propiedad de la Iglesia, entre otros.

El privilegio más evidente, sin lugar a dudas, es el de la financiación a través del Impuesto de la Renta. La Iglesia católica es la única entidad privada (no estatal) que recibe dinero directamente del IRPF (los fondos para las ONG se destinan a proyectos concretos), a través de la famosa "X" del 0,7%. Un mecanismo que se arbitró en los Acuerdos de 1979, y se concretó en 1987, primero con el 0,52% y desde 2007 con el 0,7% (a cambio de que la Iglesia renunciara a la exención del IVA). Cada año, por este concepto, la Iglesia recibe más de 250 millones de euros, aunque el mismo texto concordatario también alude al compromiso de autofinanciación de la Iglesia que, cuarenta años después, sigue sin producirse.

El derecho a la predicación de la Iglesia lleva también a que no tenga que dar cuenta de los donativos -el famoso cepillo de las colectas- recogidos en las parroquias, unos fondos que el Estado no controla y para el que no hay cifras globales, aunque estimaciones de la propia Conferencia Episcopal hablan de unos 350 millones al año. A ello se suman las exenciones de impuestos como el IBI o el ICIO, que los propios  tribunales de la UE han tildado de irregulares.

Cultura y escuela

En lo tocante al campo educativo, los Acuerdos de 1979 dejaban claro que todos los planes educativos preuniversitarios incluirían la enseñanza de la religión católica"en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales". Una materia impartida por docentes designados por los obispos, pero pagados por la Administración pública, y cuya situación laboral no está regulada plenamente por el Estatuto de los Trabajadores, pues la Iglesia puede decidir el cese unilateral del contrato sin aportar razón alguna, y sin tener que abonar indemnización por un despido que, oficialmente, es una "no renovación" del contrato para cada curso escolar.

Según los datos de la Memoria Justificativa que la Iglesia española presenta al Estado cada año, los obispos gestionan 2.247 centros católicos concertados que, en su opinión, "suponen un ahorro al Estado de 2.563 millones de euros". Sin embargo, la financiación de estos centros supone una inversión estatal de más de 4.600 millones de euros.

Algo similar ocurre con el ingente patrimonio cultural que gestiona la Iglesia pero cuyos gastos de restauración corren a cargo de las Administraciones públicas. Por no hablar de los miles de edificios inmatriculados gracias a la "ley Aznar". Sin embargo, para los obispos "el impacto global estimado de los bienes de interés cultural y de las fiestas religiosas equivale a más del 3% del PIB en España". Esto es, 32.420 millones de euros.

La Iglesia tiene 143 capellanes en las cárceles españolas, y otros tantos en hospitales públicos, algunos de los cuales participan, con voz y voto, en los Comités de Bioética. El sueldo de todos ellos corre a cargo de las instituciones públicas. La Iglesia también  tiene privilegios castrenses, contando con un arzobispo con rango militar, y 83 sacerdotes de distinto rango que mantienen la asistencia católica en las Fuerzas Armadas. Su sueldo, unos 3 millones de euros, también es abonado por el Estado, 39 años después de la aprobación de la España constitucional.


 

 

martes, 5 de diciembre de 2017

LORCA: ME VOY A GRANADA Y QUE SEA LO QUE DIOS QUIERA


Lorca: “Me voy a Granada y que sea lo que Dios quiera”

Ya no queda nadie que haya oído la voz de Federico García Lorca.

Pero el poeta, asesinado en Granada al alba de la Guerra Civil, fue el hombre más entrevistado de su tiempo. Y esa voz queda en periódicos y revistas del mundo hispano. 133 están en Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas (Malpaso, 2017), preparado por Rafael Inglada con la colaboración de Víctor Fernández, y en Treinta y una entrevistas a Federico García Lorca (Entornográfico Ediciones, 2017), una reedición corregida y aumentada de las conversaciones periodísticas que le encargó a Andrés Soria Olmedo (para Aguilar) el editor Jaime Salinas, que sí escuchó la voz del poeta en casa de Pedro Salinas, su padre, poeta y amigo de Lorca.

Ya no hay nadie que pueda decir cómo era su voz. “Acaso”, dice Soria Olmedo, “jóvenes que estuvieran en La Barraca. Pero tampoco creo que haya supervivientes”.

En el libro de Malpaso hay 52 entrevistas que nunca fueron publicadas en las obras completas, cuya última edición es de 1996. En este tomo se reproducen testimonios póstumos sobre lo que se le escuchó decir al poeta asesinado fuera del formato de entrevistas. De Indro Montanelli, por ejemplo, el periodista italiano, que recoge asombrado un sueño de Lorca sobre Salvador Dalí. El más conmovedor de esos recuerdos es el que ya publicó en 1978 su amigo Rafael Martínez Nadal.

Ahí está Lorca desgarrado y premonitorio. Días antes de partir a Granada, donde sería asesinado el 18 de agosto, Lorca fue a ver a Rafael a su casa. Tenía miedo, no quería quedarse solo en su casa de Alcalá 102, y le preguntó a la madre de Rafael qué debía hacer, si permanecer o irse de una ciudad en cuyos campos él mismo vislumbraba un porvenir lleno de muertos. Le ofrecieron casa y él simuló dudar, pero la decisión estaba tomada, iría a Granada. "Me voy a Granada y que sea lo que Dios quiera". Le dejó a Rafael todas sus cosas, para que las destruyera si le pasaba algo. Entre esas cosas estaba el manuscrito de El público, inédito hasta 1976; Lluís Pasqual hizo de esa pieza insólita una versión que pone los pelos de punta, porque en ella se oye esa última voz desgarrada de Lorca agarrándose al público, que fue su vida.

Lorca era un buen entrevistado. Dos periodistas de La mañana de León (Rafael Fernández Cabal y Francisco Pérez Herrero, 12 de agosto de 1933) lo encontraron especialmente locuaz. Hablan del compromiso político del escritor y a él se le viene lo que pasa con Rafael Alberti. “Ahí tienen ustedes el caso de Alberti, uno de nuestros mejores poetas jóvenes que, ahora, luego de su viaje a Rusia, ha vuelto comunista y ya no hace poesía, aunque él lo crea, sino mala literatura de periódico. ¡Qué es eso de artistas, de arte, de teatro proletario!... El artista, particularmente el poeta, es siempre anarquista, sin que sepa escuchar otras voces que las que afluyen dentro de sí mismo, tres fuertes voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios; la voz del amor y la voz del arte…”.

Sería difícil hoy encontrar voces así, en público, incluso entre acérrimos adversarios de la vida literaria actual. Miren lo que dice Lorca de Valle-Inclán y de Azorín.

—¿Qué le parece Valle-Inclán como poeta?

—Detestable. Como poeta y como prosista. Salvando el Valle-Inclán de Los esperpentos, ése sí, maravilloso y genial, todo lo demás de su obra es malísimo. Como poeta, un mal discípulo de Rubén Darío, el grande. Un poco de forma, de color, de humo… pero nada más (…). Además, y esto es para indignar a cualquiera, ahora nos ha venido fascista de Italia. Algo así como para arrastrarlo de las barbas… ¡Ya tenemos otro Azorín!...

—A propósito, ¿qué nos dice usted de Azorín?

—No me hablen ustedes… Que merecía la horca por voluble. Y que como cantor de Castilla es pobre, muy pobre. (…) ¡Qué gran diferencia entre la Castilla de Azorín y la de Machado y Unamuno!... ¡Qué diferencia!”

Tanto Soria Olmedo como Inglada y Fernández destacan una entrevista insólita que se halla en ambas compilaciones, la que se hicieron mutuamente el caricaturista Luis Bagaría y Federico García Lorca para inaugurar una sección de aquel en El Sol el 10 de junio de 1936, vísperas del desastre. Bagaría hacía chistes con Miguel Mihura y aquí hablan el poeta y él, de coña y en serio, de filosofía, del ser y de la muerte. Ahí Lorca cita a sus maestros, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.

Y de Granada se habla en casi todas las entrevistas, las nuevas y las viejas. Al periodista Rodolfo Gil Benumeya le dice (La Gaceta Literaria, 15 de enero de 1931) cuando iba a irse a Nueva York "tan tranquilo". "Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de lo perseguido. Del gitano, del negro, del judío…, del morisco que todos llevamos dentro. Granada huele a misterio, a cosa que no puede ser y, sin embargo, es. Que no existe, pero influye o que influye precisamente por no existir, que pierde el cuerpo y conserva aumentado el aroma. Que se ve acorralada y trata de injertarse en todo lo que le rodea, y amenaza para ayudar a disolverla”.

No hay tema que rehúya el entrevistado Lorca. No, tampoco el de su homosexualidad. Inglada, que es especialista en Picasso pero que en el tiempo libre ha buscado horas infinitas para Lorca (y para Buñuel y la vanguardia), encuentra que en estas entrevistas, hay materia “para una especie de autobiografía” del poeta más locuaz, alegre y desgarrado del siglo XX. Víctor Fernández, lorquiano desde los 14 años, ahora periodista en La Razón, agradece a Ian Gibson que el gran especialista en Federico le aconsejara que se viera con Inglada para rendir ahora juntos (“y enfermos de Lorca”) este homenaje que reúne todas las palabras que el poeta les dijo a otros antes de irse definitivamente a Granada. Ahí ya se perdió su voz. Pero su palabra es eterna.

La voz perdida

Se perdió la voz de Lorca. Tacharon, por ejemplo, en Argentina, donde tanto habló, las cintas en las que fue grabada: encima pusieron cualquier cosa. Y no hay ni un registro de nada, ni del piano. ¿Y cómo debía de ser su voz? Andrés Soria Olmedo es granadino. Cree que Lorca debía tener el mismo deje de Francisco Ayala (que le entrevistó, por cierto) o de Luis Rosales. “Una voz no muy poderosa, pero entonada, sin pretensiones de engolamiento”. Así hablaba su hermano Francisco, al que sí se le puede escuchar en muchas grabaciones. “Parecida pronunciación”, dice Soria. ¿Y qué hay en lo que decía? “Alegría y tristeza”, dice Rafael Inglada, “sinceridad”.

Víctor Fernández añade: “Y, a veces, se le nota mentirosillo, fantasioso”. “Era un buen entrevistado, es verdad que a veces él mismo se mejora un poquito, se quita un año, se modela algo para parecer mejor. Pero tiene opiniones radicales y era un buen sujeto para entrevistas. Aquello era un género nuevo y él lo aprovechó mucho”. La alegría de encontrar tanta entrevista nueva es, para Inglada y para Fernández, el mejor medicamento que han podido encontrar para la común enfermedad que los anima, el amor a Federico García Lorca, cuya voz ellos y Soria Olmedo han devuelto en libros distintos del papel del que viene.


lunes, 4 de diciembre de 2017

ANARQUISMO ESPAÑOL Y EDUCACION


Anarquismo español y educación
"El anarquismo español dedicó siempre una atención especial a la educación dentro de su estrategia revolucionaria. Baste con recordar el conjunto de resoluciones sobre enseñanza aprobadas por la C.N.T. en sus congresos de 1910, 1919, 1931 y 1936”.
Anastasio Ovejero Bernal | Periódico CNT
Mi intención en este trabajo es traer a la memoria un tema viejo, pero del que aún pueden extraerse grandes enseñanzas para los tiempos que ahora corren. Me refiero a las colectivizaciones libertarias, posiblemente la experiencia de autogestión obrera total más importante en todo el mundo desde la revolución industrial, experiencia que, entre otras cosas, puso en práctica una educación bien diferente de la tradicional, tanto en sus fines como en su filosofía subyacente y en sus prácticas cotidianas.
Si los ilustrados levantaran la cabeza, se volverían rápidamente a sus tumbas. Ellos creían que si se generalizaba la educación en una sociedad, esa sociedad se haría mejor, resolvería adecuadamente sus conflictos y hasta desaparecería la violencia. Pues bien, prácticamente toda la población europea recibe educación escolar hasta los 15 ó 16 años, y millones de ellos siguen estudiando hasta los 20 y los 25 años. Y sin embargo, no se han cumplido en absoluto sus optimistas previsiones. Y es que ellos olvidaron algo esencial: no toda la educación libera. Lo esencial no es la cantidad de educación sino el tipo de educación. Hay una educación que libera y que fomenta el espíritu crítico y hay otra educación que constriñe aún más la mente humana y que empobrece el pensamiento crítico. Así, el capitalismo europeo ha fomentado la educación escolar, pero ha sido una educación cuya finalidad básica es, por una parte, preparar trabajadores eficaces y disciplinados, y por otra, construir ciudadanos dóciles y obedientes. Y por eso ha habido siempre tanta oposición a la implementación escolar de una educación libertaria, hasta el punto de que se llegó incluso a fusilar a Francisco Ferrer.
La Escuela Moderna
Pues bien, lo que pretendieron los colectivistas libertarios fue construir una sociedad igualitaria, cooperativa y solidaria, pero siempre apoyándose en la educación. Porque, según ellos, la transformación social sólo podría provenir de un cambio radical de mentalidad de la mayoría de la ciudadanía, por lo que la educación, tanto la formal como la no formal, inevitablemente se tenía que convertir en el elemento básico y fundamental del proyecto anarquista.
Como es sabido, a la rebelión militar del 17 de julio de 1936 respondió la C.N.T. con la revolución social, que era la consecuencia de varias décadas de educación libertaria obrera. En efecto, quienes levantaron las colectivizaciones habían ido a las escuelas libertarias y habían recibido una educación inspirada en la Escuela Moderna de Ferrer. Desde varias generaciones atrás, los anarquistas españoles, especialmente en Barcelona, habían puesto el acento en la educación. Por tanto, aunque fue un fenómeno espontáneo y totalmente imprevisible, las colectivizaciones no hubieran sido posibles sin el poso que durante varias décadas fue dejando la educación libertaria en miles de trabajadores y sin su convicción de que la transformación radical de la sociedad sólo puede conseguirse a través de la educación y de la cultura. No olvidemos que, como escribe Alejandro Tiana, “ante todo, es preciso señalar que el anarquismo español dedicó siempre una atención especial a la educación dentro de su estrategia revolucionaria. Baste con recordar el conjunto de resoluciones sobre enseñanza aprobadas por la C.N.T. en sus congresos de 1910, 1919, 1931 y 1936”. Fue, en definitiva, el tipo de educación libre, cooperativa, solidaria y crítica que habían recibido miles de obreros anarquistas lo que provocó que, al darse las circunstancias propicias, surgieran espontáneamente las colectivizaciones libertarias.
La mayor parte del movimiento libertario español tenía puestas todas sus esperanzas en la cultura y en la educación como auténtico motor del cambio social. De hecho, como escribía hace unos años Álvarez Junco, “entre los anarquistas, el planteamiento es, en principio, tajante: cada militante debe realizar una ‘revolución interior’, fundamentalmente intelectual, antes de poder aspirar legítimamente a transformar la sociedad..., y sólo cuando, gracias a la cultura, se haya creado un número considerable de seres ‘conscientes’ de sus derechos y liberados personalmente del militarismo, la religión, los vicios y la ignorancia de la sociedad actual, será positiva una acción revolucionaria tendente a derribar las estructuras sociales y sustituirlas por otras en las que esos individuos transformados previamente puedan iniciar la práctica de la libertad”.
Maestros por curas
En resumidas cuentas, la preocupación por la educación y la cultura ocupó siempre un lugar central en el pensamiento político del anarquismo español, impregnando totalmente la ideología e incluso la forma de vivir de sus miembros, hasta el punto de que en cuanto podían abrían ateneos libertarios, escuelas libertarias y editaban infinidad de periódicos. Pero se trataba de una educación que tenía como objetivo último la transformación radical de la sociedad, para lo que promovía ante todo el pensamiento crítico, la libertad y los valores de igualdad y solidaridad entre todos los seres humanos. Y en cuanto tuvieron ocasión, los anarquistas españoles llevaron a la práctica sus ideales en el campo de la educación, tanto a  nivel cuantitativo (aumentaron mucho más aún el número de maestros, de forma que a menudo en un pueblo en el que había tres curas y un maestro, los anarquistas quitaron los tres curas y pusieron cinco maestros; implantaron la escolarización obligatoria hasta los 14 ó 15 años; por ejemplo, en Calanda se pasó de ocho a dieciocho maestros, aumentando el alumnado en un 25% con respecto al curso 1935-1936. ¡Y todo ello en plena guerra! Y teniendo en su contra no sólo a los militares rebeldes, sino incluso al gobierno de la República y a toda Europa.
Pero la empresa educativa de las colectivizaciones no se circunscribió sólo a la educación primaria ni siquiera sólo a la educación formal, sino que también se ocuparon de abrir bibliotecas en todos los pueblos colectivizados, fomentar conferencias y charlas culturales así como la educación de adultos o la implementación de cursos y centros de formación profesional. También adquirieron un cierto auge las escuelas de párvulos y guarderías infantiles, dada la necesidad de atender a los niños y niñas pequeños a causa de la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa para suplir la falta de brazos. Por otra parte, el arte y la cultura general fueron también objeto de diversas iniciativas, con objeto de procurar un ambiente rico y estimulante para el desarrollo integral de la población colectivista (apertura de Ateneos, veladas culturales…).
Finalmente, no deberíamos olvidar algo tan central en la concepción anarquista de la cultura como es la educación no formal que englobaba una muy variada serie de actividades como la educación artística, la divulgación científica y cultural, el desarrollo de una nueva estética, el debate sobre temas de actualidad, la edición de obras literarias o científicas, etc., y que fueron llevadas a cabo principalmente por los propios sindicatos de la C.N.T., por las Juventudes Libertarias, por el colectivo feminista Mujeres Libres y por los Ateneos Libertarios, y siempre bajo la concepción de la cultura y la educación como instrumento de liberación de la clase trabajadora.
Y ésa fue siempre –y lo sigue siendo- uno de los principales objetivos de los anarquistas: propagar una educación realmente libre, cooperativa y solidaria que pueda transformar radicalmente la sociedad, frente a la escuela oficial que lo que pretende es justamente lo contrario, es decir, reproducir tanto las diferencias sociales como la misma sociedad actual desigual e injusta. Y ello sería de gran interés hoy día frente al proyecto opuesto que con tanto éxito el neoliberalismo está implementando en todo el planeta.
* Anastasio Ovejero Bernal, es catedrático de Psicología Social por la Universidad de Valladolid.
 Periódico:  Periódico CNT nº 418 - Abril 2015

4 DE DICIEMBRE DE 1977 - ASESINATO DE MANUEL JOSE GARCIA CAPARROS


4 DE DICIEMBRE DE 1977 – ASESINATO DE MANUEL JOSE GARCIA CAPARROS
Manuel José García Caparrós[1]​ era un trabajador malagueño de la fábrica de Cerveza Victoria y militante de Comisiones Obreras, asesinado durante la manifestación de la autonomía andaluza el 4 de diciembre de 1977.
Historia
Murió en Málaga, con 17 años, por un disparo efectuado por la Policía Armada durante la manifestación del 4 de diciembre de 1977 que reivindicaba la autonomía para Andalucía, nunca se identificó al culpable. Se suele confundir a Manuel José García Caparrós con Juan Manuel Trinidad Berlanga, un chico que durante el transcurso de la manifestación por la autonomía andaluza el 4 de diciembre de 1977, trepó por la fachada del edificio de la Diputación de Málaga para colocar una bandera de Andalucía, que el presidente de la Diputación Provincial de Málaga, Francisco Cabeza, había prohibido.
A partir de que Trinidad Berlanga colocara la bandera andaluza en la diputación, se llevó a cabo un despliegue policial por toda la ciudad de Málaga. Durante las cargas, varios policías comenzaron a disparar, primero balas de goma y botes de humo y más tarde sus pistolas reglamentarias con el resultado de dos heridos (una joven y un chico de 15 años) y la muerte de García Caparrós, en la esquina del edificio situado en la Alameda Colón.
Cuando el pueblo malagueño conoció la muerte del joven sindicalista, la ciudad se mantuvo en Estado de Excepción durante varios días hasta el funeral de Manuel José García Caparrós. Propusieron a los familiares llevar el féretro por toda la ciudad hasta llegar al cementerio, pero estos se negaron, pero igualmente se convirtió en un entierro multitudinario.
La muerte de García Caparrós fue el germen de la lucha por la autonomía andaluza en el marco de la transición española, por ello muchos andaluces reivindican el 4 de diciembre como el verdadero día de Andalucía y el 28 de febrero como el día impuesto por las instituciones para la celebración.
El lugar donde cayó muerto se convirtió en un altar improvisado por donde pasaron miles de malagueños, hasta que fue destrozado por miembros de la organización ultraderechista Fuerza Nueva. Durante varios días hubo protestas por la represión policial.
Sus restos fueron trasladados al Jardín del Recuerdo del cementerio de Málaga, teniendo un lugar más destacado, para conmemorar el 40 aniversario de su muerte.[2]
Reconocimientos
El pleno del Ayuntamiento de Málaga del 16 de noviembre de 1995 aprobó darle su nombre a una calle en su memoria.
Obras como el reportaje radiofónico de la periodista Ketty Castillo en 2002 o el libro de Rosa Burgos La muerte de García Caparrós en la Transición política, en 2007, recuperaron datos que llevaban escondidos más de 25 años, como la verdadera identidad del chico que colocó la bandera andaluza en la diputación de Málaga (en el caso del reportaje de Castillo).
Desde 2002 hay una placa en el lugar en el que fue asesinado en la Alameda de Colón, que fue declarado Lugar de Memoria Histórica en 2017.[3]
La Diputación Provincial de Málaga le nombró Hijo Predilecto de la provincia a título póstumo el 20 de abril de 2009. Tras años de reivindicaciones, finalmente García Caparrós fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía a título póstumo en 2013.[4]
En 2017, 40 años después del suceso de nuevo Rosa Burgos publica un libros, esta vez llamada Las Muertes de García Caparrós (en plural), en él se incluyen los testimonios de varias personas testigos de la muerte y el posterior traslado al hospital del cuerpo sin vida del joven (en el libro de Burgos).[5]​ En el libro proporciona información sobre las actas de los hechos que las actas de la Comisión, que aunque la Mesa del Congreso ha vetado su difusión, se han publicado parcialmente en El Observador.[6]​ También se publicó un libro de José Chamizo sobre la figura del malagueño, llamado M.J. García Caparrós, muerte en blanco y verde, en conmemoración del 40 aniversario de su muerte.
Fuente: Wikipedia
 

domingo, 3 de diciembre de 2017

JUPITER EL EQUIPO DE FUTBOL ANARQUISTA QUE ESCONDIA ARMAS EN LOS BALONES


CE Júpiter, el equipo anarquista que escondía armas en los balones

Todas las buenas historias empiezan en un bar, y la del Club Esportiu Júpiter lo cumple a rajatabla. En 1909, en la antigua cervecería Cebrían de Barcelona, donde ahora está la horchatería El Tío Che, los hermanos Mauchan fundaron un club que desempeñaría un papel militante durante la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo.

Estos hermanos británicos, trabajadores fabriles en el barrio del Poblenou, bautizaron al equipo con ese nombre, planetario y místico, inspirados por el ganador de una competición de globos aerostáticos celebrada en la playa de la Mar Bella. Ya desde un primer momento, el club reflejó el espíritu obrero del barrio, el mayor exponente de la Revolución Industrial en Catalunya y, en consecuencia, de España.

"El Júpiter era el equipo del Poblenou, el pulmón industrial de Catalunya, al que también llamaban el Manchester catalán. El barrio era, además, el cuartel general de los anarquistas", explica a VICE Sports Andreu Mitjans, que ha documentado la historia del club en el Archivo Histórico del Poblenou. Allí se establecieron figuras del anarquismo y el sindicalismo español como Buenaventura Durruti, y el barrio se convirtió en el centro neurálgico de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

El escudo del Júpiter era ya toda una declaración de intenciones; lucía sin embudos la bandera catalana apuntalada por una estrella azul de cinco puntas. Esa proximidad al catalanismo y a la República alimentaría su apasionante y complicada historia, que mezcla fútbol, fábricas, pitadas monumentales y grandes dosis de censura, pero que también esconde armas y una resistencia férrea al golpe de Estado de 1936.

Después de unos años jugando modestamente en el Campo de la Bota, que en realidad no era nada más que un descampado, el equipo se federó y empezó a cosechar buenos resultados en los años veinte. Desafortunadamente, sus años de esplendor coincidieron con los de dictadura, inestabilidad y represión en nuestro país.

En 1923, el general Primo de Rivera impuso su golpe de estado y la balanza no se inclinó precisamente a favor de los intereses de un club abiertamente obrero y anarquista. En esa época, el equipo cambió por primera vez de escudo, debido a que el régimen creía que la estrella y la señera eran ofensivas. No sería la última vez, y hasta Franco ordenó que le cambiaran el nombre, pero eso fue más adelante. Mejor vamos por orden.

El club cambió de apariencia pero su base social —que por entonces rondaba los 2 000 socios, que no es moco de pavo para la época— era la misma y durante ese período, su afición usó los balones para transportar pistolas con la excusa de los desplazamientos del equipo a otros campos de España.

"Las pelotas antiguas no estaban cerradas herméticamente como las de ahora, sino que tenían cordones como unas zapatillas. Los anarquistas las desataban, sacaban la cámara de aire y colocaban dentro la pistola desmontada", confirma a VICE Sports Agustí Guillamón, historiador barcelonés especialista en el movimiento obrero y revolucionario de la época.

En 1925, a pesar de la represión, del "juego de las pistolas" y de la poca simpatía que causaban entre los estamentos militares, el Júpiter logró el título de campeón de España del grupo B, lo que a día de hoy sería la segunda división. La consecución del título coincidió con otro alirón barcelonés, el del FC Barcelona en la Copa de España.

"Era un equipo pionero en Catalunya, de los más importantes, y su historia se mezcla con la del Barça por el incidente que provocó el cierre del campo de les Corts", recuerda Mitjans. Ambos clubes se reunieron en el antiguo coliseo azulgrana para celebrar sus respectivos títulos y jugar un partido de homenaje al Orfeón Catalán.

La Marina Real Británica, que estaba anclada en el puerto de Barcelona esos días, asistió al encuentro e interpretó la Marcha Real, por entonces himno de España, antes del partido. El público reaccionó con una sonora pitada que disgustó a las autoridades, que cerraron el campo y castigaron al Júpiter con seis meses de suspensión. A pesar de quedarse sin fútbol, el club no dejó de combatir por la causa revolucionaria.

El Júpiter se codeó con los mejores equipos españoles durante la primera mitad del siglo XX. Aquí, en un partido contra el FC Barcelona en 1944. Imagen cedida por el Archivo Histórico del Poblenou

"El club daba al movimiento gran parte de sus ganancias, y en breve espacio de tiempo el estadio se transformó en un arsenal", relató Julio Nacarino, expresidente del club, al periodista Andrea Sceresini. "Los obreros, futbolistas y anarquistas llevaban sus batallas uno al lado del otro". Aunque no hay pruebas fehacientes, los investigadores de la época dan veracidad al siguiente capítulo de la tumultuosa historia del club, que sitúa el campo del Júpiter como centro de operaciones de la resistencia anarquista al golpe de Estado del 19 de julio de 1936.

"Cuando el río suena, agua lleva. En estas cosas siempre hay un punto de leyenda y épica, pero es una historia cierta", apunta Mitjans en referencia al relato oral que señala la tribuna del campo del Júpiter como un arsenal clandestino.

"Desde el campo del Júpiter salieron dos camiones para combatir la insurrección fascista", afirma Guillamón. "Salieron de allí por dos motivos: primero, porque era donde vivían los miembros importantes de la Federación Anarquista Ibérica (FAI); y segundo, porque probablemente debajo de la tribuna del Júpiter había un almacén clandestino de armas".

La tribuna de madera del campo de Lope de Vega, uno de los varios de la historia del club, pudo ser un escondite de armas de los anarquistas. Imagen cedida por el Archivo Histórico del Poblenou

Todos sabemos cómo acabó la cosa, y con el inicio del franquismo el club volvió a perder la identidad recuperada durante la Segunda República. "Al régimen, no sé muy bien por qué motivo, no les gustaba demasiado el nombre del club, así que rebautizaron al equipo como Hércules", explica Guillamón.

Curiosamente, el destino volvió a relacionar al Júpiter con los pasajes más oscuros de nuestra historia. En el antiguo campo de las Botas, el descampado donde nació el equipo y donde ahora se levantan los edificios del Fórum de las Culturas, fue el lugar elegido para fusilar a los enemigos de la dictadura en Barcelona.

En 1948, el club recibió un mazazo que todavía perdura. El equipo que mejor reflejaba la lucha de clases y activismo del Poblenou fue trasladado por el régimen al campo de la Verneda, en el distrito de Sant Martí de Barcelona. De hecho, los planes originales de los franquistas eran convertir al equipo en el filial del RCD Espanyol y diluir el nombre histórico del Júpiter y, con él, gran parte de las huellas anarquistas en la ciudad.

Por fortuna, esos planes no cuajaron, y el Júpiter —que vuelve a vestir con orgullo su escudo y colores originales desde los noventa— sigue dando guerra a día de hoy en la tercera división española.

Aunque ya no queden —demasiados— anarquistas y el fútbol se haya convertido en una industria del capitalismo reinante, la historia del Júpiter nos recuerda que hubo un tiempo en el que el fútbol eran muchas más cosas que pilas y pilas de billetes.


LA ANARQUIA Y LA IGLESIA


La anarquía y la iglesia
La conducta del anarquista hacia el hombre de iglesia se halla trazada de antemano en tanto que curas, frailes y toda clase de detentadores de un supuesto poder divino se hallen constituidos en liga de dominación, ha de combatirlos sin descanso, con toda la energía de su voluntad y con todos los recursos de su inteligencia y de su fuerza. Esa lucha no ha de impedir que se guarde el respeto personal y la simpatía humana a cada individuo, cristiano, budista, fetichista, etcétera, en cuanto cese su poder de ataque y dominio. Comencemos por libertarnos y trabajemos después por la libertad del adversario.
Lo que ha de temerse de la Iglesia y de todas las Iglesias nos lo enseña claramente la historia, y sobre este punto no hay excusa: Toda equivocación o interpretación desnaturalizada es inaceptable; es más, es imposible. Somos odiados, execrados, malditos; se nos condena a los suplicios del infierno, lo que para nosotros carece de sentido, y lo que es positivamente peor, se nos señala a la venganza de las leyes temporales, a la venganza especial de los carceleros y de los verdugos y aún a la originalidad de los atormentadores que el Santo Oficio, vivo aún, sostiene en los calabozos. El lenguaje oficial de los papas, fulminado en sus recientes bulas, dirige expresamente la campaña contra los "innovadores insensatos y diabólicos, los orgullosos discípulos de una supuesta ciencia, las gentes delirantes que proclaman la libertad de conciencia, los depreciadores de todas las cosas sagradas, los odiosos corruptores de la juventud, los obreros del crimen y de la iniquidad". Anatemas y maldiciones dirigidas preferentemente a los revolucionarios que se denominan libertarios o anarquistas. Perfectamente; es lógico que los que se dicen y se consideran consagrados al dominio absoluto del género humano, imaginándose poseedores de las llaves del cielo y del infierno, concentren toda la fuerza de su odio contra los réprobos que niegan sus derechos al poder y condenan todas las manifestaciones de ese poder. "¡Exterminad! ¡Exterminad!" tal es la divisa de la Iglesia, como en los tiempos de Santo Domingo y de Inocencio III.
A la intransigencia católica oponemos igual intransigencia, pero como hombres, y como hombres inspirados en la ciencia, no como taumaturgos y verdugos. Rechazamos por completo la doctrina católica, lo mismo que la de todas las religiones afines; combatimos sus instituciones y sus obras, trabajamos para desvanecer los efectos de todos sus actos. Pero esto sin odio a sus personas, porque no ignoramos que todos los hombres se determinan por el medio en que sus madres y la sociedad los han colocado; sabemos que otra educación y circunstancias menos favorables hubieran podido embrutecernos también, y lo que sobre todo nos proponemos es desarrollar para ellos, si aún es tiempo, y para las generaciones venideras, otras condiciones nuevas que curen a los hombres de la "locura de la cruz" y demás alucinaciones religiosas.
Lejos de nosotros la idea de vengarnos cuando llegue el día en que seamos los más fuertes: los cadalsos y las hogueras serían insuficientes para vengar el número infinito de víctimas que las Iglesias, y la cristiana muy especialmente, han sacrificado en nombre de sus dioses respectivos durante la serie de siglos de su ominosa dominación. Además, la venganza no se cuenta entre nuestros principios, porque el odio llama al odio y nosotros nos sentimos animados del más vivo deseo de entrar en una nueva era de paz social. El firme propósito que nos guía no consiste en emplear "las tripas del último sacerdote para ahorcar al último rey", sino en hacer de modo que no nazcan reyes ni curas en la purificada atmósfera de nuestra nueva sociedad.

viernes, 1 de diciembre de 2017

LEY DE VAGOS Y MALEANTES

Ley de vagos y maleantes

De Wikipedia, la enciclopedia libre

La ley de vagos y maleantes fue una ley del Orden Penal español de 4 de agosto de 1933 aprobada por las Cortes de la II República[1]​ referente al tratamiento de vagabundos, nómadas, proxenetas y otros comportamientos considerados antisociales y que posteriormente fue modificada para reprimir también a los homosexuales. También conocida popularmente como la Gandula, la ley fue aprobada por consenso de todos los grupos políticos de la Segunda República para el control de mendigos, rufianes sin oficio conocido y proxenetas.

Por ser una ley que no sancionaba delitos sino que intentaba evitar la comisión futura de los mismos no incluía penas, sino medidas de alejamiento, control y retención de los individuos supuestamente peligrosos hasta que se determinara que se había acabado su peligrosidad. Su desarrollo reglamentario desvirtuó completamente la ley llegando a crear campos de internamiento, denominados como Reformatorios de Vagos y Maleantes[2]​, y permitiendo que fuese utilizada arbitrariamente para la represión de las personas sin recursos.

Ámbito

La categorización de las conductas antisociales a perseguir incluidas en el artículo 2 de la ley eran diez:

  1. Los vagos habituales.
  2. Los rufianes y proxenetas.
  3. Los que no justifiquen cuando legítimamente fueren requeridos para ello por las autoridades y sus agentes, la posesión o procedencia de dinero o efectos que hallaren en su poder o que hubieren entregado a otros para su inversión o custodia.
  4. Los mendigos profesionales y los que vivan de la mendicidad ajena o exploten a menores de edad, a enfermos mentales o a lisiados.
  5. Los que exploten juegos prohibidos o cooperen con los explotadores a sabiendas de esta actividad ilícita, en cualquier forma.
  6. Los ebrios y toxicómanos habituales.
  7. Los que para su consumo inmediato suministren vinos o bebidas espirituosas a menores de catorce años en lugares y establecimientos públicos o en instituciones de educación e instrucción y los que de cualquier manera promuevan o favorezcan la embriaguez habitual.
  8. Los que ocultaren su verdadero nombre, disimularen su personalidad o falsearen su domicilio mediante requerimiento legítimo hecho por las autoridades o sus agentes, y los que usaren o tuvieren documentos de identidad falsos u ocultaren los propios.
  9. Los extranjeros que quebrantaren una orden de expulsión del territorio nacional.
  10. Los que observen conducta reveladora de inclinación al delito, manifestada por el trato asiduo con delincuentes y maleantes; por la frecuentación de los lugares donde éstos se reúnen habitualmente; por su concurrencia habitual a casas de juegos prohibidos, y por la comisión reiterada y frecuente de contravenciones penales.

Trámite parlamentario y aprobación

El proyecto de ley presentado a las Cortes pretendía acabar con el modelo existente de persecución de sujetos “de dudosa moral” que existía en España, de carácter administrativo, basado en las atribuciones que los estatutos provinciales otorgaban a los gobernadores civiles, los cuales tenían la capacidad de “reprimir los actos contrarios a la religión, a la moral o a la decencia pública, imponiendo multas o, en defecto de pago, ordenando el arresto supletorio del blasfemo, inmoral o indecente”. Este modelo administrativo era el origen del arresto sustitutorio de quince días por impago de multas que se hubiesen impuesto a aquellos que hubieran realizado “actos contrarios a la moral o a la decencia pública”, lo que dio lugar a la figura del “quincenero”, que era como se conocía popularmente al delincuente habitual que, ante la imposibilidad de pagar las multas que le eran impuestas, pasaba periodos de quince días en la cárcel hasta que volvía a ser puesto en libertad.

La redacción del primer proyecto que presentó el gobierno de Manuel Azaña, (gobierno sostenido por lo diputados de izquierdas y radicales), encontró bastantes reticencias, destacando la del grupo socialista, que de forma clarividente alertaba de la peligrosidad de una norma de este tipo en manos de las derechas en el caso de que éstas alcanzaran el poder. Como consecuencia de las discrepancias y la falta de mayoría para su aprobación, se encargó la redacción de un nuevo proyecto a Mariano Ruíz-Funes y al célebre penalista, y también miembro del partido socialista, Luis Jiménez de Asúa. Éste último había dedicado buena parte de su carrera académica a estudiar la criminalidad pre-delictual y el “estado peligroso”, entendiendo que en él se encontraba la clave para poner solución a problemas que, en el ámbito penal, se venían produciendo en materia de control de la actividad delictiva desde mucho tiempo atrás. De hecho, en 1922 Asúa había planteado su teoría de la “dualidad de códigos”, considerando necesaria la existencia de dos códigos penales de forma simultánea, uno preventivo y otro código sancionador (11 años después el catedrático de derecho penal tenía la posibilidad de aplicar en España su teoría jurídica).

TERESA MAÑE MIRAVENT - MADRE DE FEDERICA MONTSENY


Teresa Mañé  Miravent   -  madre de Federica Montseny

  El 29 de noviembre de 1865 nace en Cubelles (Garraf, Cataluña) - hasta hace poco se pensaba que había nacido en Vilanova i la Geltrú - la pedagoga, militante y propagandista anarquista Teresa Mañé  Miravent, más conocida bajo el seudónimo de Soledad Gustavo. Su acomodada familia regentaba la Fonda del Jardín en Vilanova y la Geltrú, conocida como «la de las tres chicas", ya que eran las tres hijas que se ocupaban de atender a la clientela. Su padre era un fiel partidario del republicanismo federal de Pi y Margall y se sentía orgulloso de la relación que con él mantenía. A partir de 1883, Teresa Mañé estudió Magisterio en Barcelona y en 1886, con la ayuda del librepensador Bartomeu Gabarró, del Centro Democrático Federalista, abrió la primera escuela laica de Vilanova, y fue miembro de la Confederación de Maestros Laicos de Cataluña. En esta época colaboró ​​en El Vendaval de tendencia republicanofederal. Mediante contactos con librepensadores conoció José Lunas y Pujals, Teresa Claramunt, Tarrida del Mármol, Pere Esteve y otros destacados militantes anarquistas, participando en giras propagandísticas y actos públicos y colaborando en las publicaciones libertarias que dirigían (La Tramontana, El Productor, La Tormenta, etc.).

En 1889 ganó un premio en el Segundo Certamen Socialista, celebrado en Barcelona, ​​por su trabajo El amor libre y se convirtió en portavoz de las ideas ácratas junto con Ricardo Mella, Anselmo Lorenzo y otros. Gracias a una poesía leída en un entierro laico conoció Juan Montseny (Federico Urales), con quien se casará civilmente el 19 de marzo de 1891, poco tiempo después de que esta clase de matrimonios fueran legalizados. La pareja se instaló en Reus, de donde era Montseny, donde abrieron una escuela laica mixta y en la que ambos hicieron de profesores. En Reus también vivía Carmen, una de las hermanas de Teresa, que vivirá con ellos todas las dificultades de su militancia anarquista hasta su muerte. El 24 de septiembre de 1893 se produce el atentado de la calle Cambios Nuevos de Barcelona y Paulino Pallás es acusado; Juan Montseny escribirá un folleto a favor del detenido y será detenido. Entonces Mañé realizará una campaña para conseguir su libertad, pero una vez liberado, fue nuevamente detenido en 1896 implicado en el "Proceso de Montjuïc". Desde la prisión del castillo de Montjuïc, Juan Montseny escribe, bajo diferentes seudónimos, cartas a la prensa donde reivindica la inocencia de los procesados; Mañé será la encargada de sacar estas cartas y hacerlas llegar a la prensa, y de hacer las gestiones necesarias para lograr la libertad de todos los detenidos.

 Es a partir de estas cartas que Juan Montseny será Federico Urales. Finalmente Montseny será liberado, pero desterrado en Londres - Teresa Claramunt y Tarrida del Mármol también están -, y Mañé, en 1897, se reunió con él, poniéndose a trabajar de Bordadores. Para reivindicar la revisión del proceso, retornaron clandestinamente el 28 de noviembre de 1897 y Montseny se instalará en Madrid y Mañé en Vilanova, hasta que poco tiempo después se irá con sus padres (Lorenzo y Antonia) y su hermana Carmen en Madrid . En la capital del Estado morirán sus padres y nacerá, en 1905, su hija Federica Montseny. Durante su estancia en Madrid, la pareja editó La Revista Blanca (1898-1905) y poco después Tierra y Libertad (1902-1905), realizando la función de administradora aunque por el hecho de ser mujer la ley no lo permitiera. En 1901 Mañé participó, junto con Azorín, Mendinaveitia y Urales en un ciclo de conferencias en el Ateneo de Madrid sobre "La Sociedad Futura", en representación de las ideas anarquistas. Además de participar activamente en las campañas a favor de los encausados ​​en los procesos de Jerez y de la «Mano Negra», participó en una gira por Andalucía en apoyo de los detenidos en estos procesos, alojándose en casa de Sánchez Rosa. La pareja también participó activamente en la defensa de Francisco Ferrer Guardia acusado injustamente de los hechos de la Semana Trágica.

Cuando estalló el conflicto legal entre Arturo Soria, el creador de la «Ciudad Lineal de Madrid», que se acusan de estafa y de engaño, la pareja se instalará en Cataluña en 1912. La intención era fundar una academia en el barrio barcelonés de Horta, pero el boicot de la reacción local hizo que se dedicaran a vivir de una granja agrícola ya instalarse a Cerdanyola, donde tradujo mucho (Louisa Michel, Cornelissen , Labriola, De la Hire, Mirbeau, Praycourt, Sorel, Marguery, Lichtemberg, Lavrov, Donnay, desc, etc.) y copió textos para compañías teatrales. En Cataluña volvieron a editar La Revista Blanca (1923), Tierra y Libertad, y activará varios proyectos editoriales: "La Novela Ideal", que publicaba dos novelitas cada quince días, con una tirada de 50.000 ejemplares y que llegó a contar con 600 números; «La Novela Libre", con relatos más extensos y que tuvo una tirada de 30.000 ejemplares, «El Mundo al Día", mensual, y un nuevo diario, El Luchador, que durará hasta la Guerra Civil. Mañé será la encargada de administrar estas publicaciones, mientras Montseny y su hija escribirán artículos, novelas, memorias, etc. Poco a poco, conforme el protagonismo de Frederica Montseny se hacía patente, Mañé pasó a un segundo plano. Durante la Guerra Civil un cáncer de colon comenzó a minar su su vida.

 En 1939 la familia cruza la frontera hacia el exilio francés donde se disgrega. Mañé, enferma, se rompe una pierna y se llevada en ambulancia al hospital de San Louis de Perpiñán (Cataluña Norte), donde morirá sola el 5 de febrero de 1939 víctima del cáncer. Teresa Mañé publicó numerosos escritos en La Revista Blanca, ya fuera en «Almanaque» o en «Suplementos», pero también se encuentran colaboraciones en diferentes periódicos anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX: El Corsario, Los dominical del Libre Pensamiento, El Obrero, El Productor, Redención, El Cosmopolita, Justicia y Libertad, El Trabajo, La Tramontana, etc. Entre sus obras podemos destacar La sociedad futura (1889), Las preocupaciones de los despreocupados (1891, con Urales), Dos cartas (1891), A las proletarias (1896), El amor libre (1904), Las diosas de la vida (1904), El sindicalismo y la anarquía. Política y sociología (1932), entre otros.