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domingo, 16 de julio de 2017

OCTAVO Y NOVENO FUSILAMIENTO - LIBRO TRIGO TRONZADO - La represion franquista en San Fernando (Cadiz) 1936


LIBRO TRIGO TRONZADO (La represión franquista 1936 en San Fernando – Cádiz)
Autor: JOSE CASADO MONTADO
OCTAVO Y NOVENO FUSILAMIENTO
 
OCTAVO FUSILAMIENTO
Más lúgubre y profundo que el alarido que arranca el duelo de materna raíz.
Y más agrio y cruel que a la muerte el desliz, es el rancio desespero del olvido.
Cerón
 
El día cinco de septiembre sacaron a siete hombres, presos del Penal de La Casería, seleccionados por el infame Prieto. Al alba llegaron destrozados al paredón del cementerio nuestro, de La Isla, que ya había cambiado el rótulo de la puerta principal por orden exclusiva e imperativa del cura Don Recaredo, poniéndole el nuevo rótulo de “católico”, antes, razonablemente, era, municipal. El padre Franco junto a Don Recaredo, la estaban pasando de lo lindo, eran los dueños de la situación y con su venia estaban ejecutando un genocidio que los dejaba sin oposición, claro está que, según intentaban hacernos creer, era una obra magna de limpieza de ateos para que reinara y más que e todo el resto del mundo, el Sagrado Corazón que, pensaban, como lo hicieron, introducirlo hasta en los Ayuntamientos.
Cayeron vilmente asesinados:
   Francisco Villegas Oliva. Hijo de José y María Rosario. 46 años. Casado con María Pantoja Muñoz. Maestro carpintero. Dejó una hija. Vivía en la calle Lope de Vega, 33.
   Juan Espinosa de los Monteros. Capitán de Infantería de Marina. Natural de Espera. 45 años. Casado con Doña Jacoba Oliva. Hijo de José y María Rosario. Capitán de Infantería de Marina. Dejó cuatro hijos. Vivía en la calle Hernán Cortés, 18. San Fernando.
   Andrés Silva Lobato. Operario de la S.E. de C.N. Dejó cinco hijos. Vivía en la calle Jesús.
   Francisco Cosme Alonso.
   Ángel León Biordia (Biondiz).
   Pedro Arroyo Utrera. Vivía en la calle Misericordia, 33.


  Juan Valverde Colón. Natural de Paterna de la Rivera. Casado. Conserje de la Peña Conservadora. Dejó hijos.
 
Todos fueron a parar a la fosa común, la primera de  nuestro cementerio…católico, de rótulo recién estrenado. Fosa que y había visto desde el principio, porque había osado entrar en aquella parte siniestra, a la cual le llamaban el cementerio protestante. Fosa rectangular con la tierra amarilla a un lado extraída de ella misma y, junto, un montón de cal viva que servía para arrojarles unas paladas a los fusilados, antes de cubrirlos totalmente con la tierra amarilla.
La herida de La Isla aumentaba. Por el camino de La  Casería, de vueltas del Penal, algunos familiares, que ya habían recibido la manta, la ropa y los avíos de afeitar de los fusilados, volvían alocados de dolor gritando: ¡asesinos, cobardes, criminales, me lo habéis matado! ¡Cuántas lágrimas derramadas  y cuanta indignación contenida por aquel camino del Penal! Otra de las cosas que no hemos de olvidar, que hemos de hacer constar en datos para la Historia, la auténtica y no la que han pretendido hacernos creer aquellos domesticados paisanos nuestros, altavoces pusilánimes del régimen, aprovechados de  las desgracias de los demás, falsos religiosos…durante tantos años de esterilidad notoria, a pesar de sus flores naturales regaladas en el Teatro de las Cortes, en aquellos certámenes cursis y estrechos de sentido común, de los cuales no ha  quedado ni el polvo porque no valían nada, y donde las niñas aristocráticas y tontorronas aparecían vestidas de falso tul y muchas tarlatana barata, imitando a falsas ninfas, en un esfuerzo de querer y no poder, aparentar, disimular, figurar, ocultando aquella herida que nos afectaba a todo el pueblo humilde y trabajador, aquella hambre que nos volvía demenciales y hasta delincuentes…
Nadie se explicaba entonces los motivos que indujeron a Olivera Manzorro ordenar a sus sectarios a organizar tanta matanza. La del Capitán Espinosa de los Monteros sigue siendo


una incógnita. Más lo que no constituyó un secreto para nadie fueron las vicisitudes que pasaron esas criaturas, hijos de los fusilados. Humillaciones, hambre y dolor… Un amigo se expresaba así en uno de sus poemas:
 
Falange y su Cara al Sol, Requetés con Cristo Rey, con la venia de Opus Dei y la bestia de El Ferrol, han sido y son yugo y ley
del pueblo obrero español. Y del pueblo se vengaron en penales y presidios y  en abyectos genocidios
que al mundo entero ocultaron.
                                                                                Cerón
 
Nadie ha conseguido bajarme de mi carro reivindicativo a favor de aquellos mártires. Muchos me lo han aconsejado, censurado, interferido, más yo sigo, porque estamos en una época, así lo creo, que podemos colocarles los puntos a las íes. Veamos, si , ahora, los judíos y musulmanes, expulsados en 1492, se les reconoce la injusticia cometida con ellos, igualmente se han rehabilitado a los militares y funcionarios víctimas de  nuestra cruel e inútil guerra civil, lo que me parce justo, muy justo… pienso ¿porqué no s les va a reconocer su inocencia de alguna manera a las víctimas del incalificable y criminal atropello que cometieron unos desalmados asesinando a isleños y foráneos hace más de cincuenta años en nuestro pueblo? Esta sugerencia la dejo a la consideración de las autoridades locales. Igualmente y, respetuosamente, lo solicito para todos los españoles de ambos bandos, que sufrieron tan trágicas e injustas consecuencias.
De cualquier forma nadie ni nada conseguirá que me desprenda de mi rebeldía, ella ha sido la esencia de mi vida la


aprueba de mi sensibilidad ante el dolor ajeno y el propio, asombrosa, y yo el primero en asombrarme, aunque en mi pueblo me adjetiven de “maldito” o “resentido”, algunas  personas que se aprovecharon al máximo de una situación anómala y coercitiva y que, dentro d mis modestas posibilidades, trato de subsanar. Tal vez cuando acabe de publicar mis escritos, que me costaron lo mío, tendré que decir, probablemente, como
A.   Machado:
 
En mi corazón tenía una espina de pasión,
logré arrancármela un día, ya no tengo corazón…
 
Y me dedicaré a echarles migajas de pan a los patos del parque. Hay quienes planta cara a la vida y otros que se refugian en la huida, prefiriendo lo que ellos llaman tranquilidad. Yo pienso que atravesamos un momento histórico importante  al cual hay que documentar para facilitar experiencias sanas y eficaces a la Historia de Andalucía y de La Isla, pues nos hemos precipitado en esta nueva era, que se prevé rica en sorpresas científicas, pero que en la rapidez, aunque admirable, por muchas razones, hubieron lagunas y vacíos en nuestra historia pasada reciente, tergiversaciones, cuando no errores intencionados que hemos de aclarar, repito. Algún día, alguien nos lo agradecerá, tal vez dentro de un siglo, o de cinco. Esta puesta a punto ha sido desde hace muchos años ami razón de vivir y… “el que tenga razón de vivir puede soportar casi cualquier modo de vivir”, Nietzsche.
Aquellas gentuzas que se autodenominaban próceres, patriotas, héroes, excelsos, etc. Eran… ¡júzguelos el que me  lea!...
Por aquellos primeros días del golpe rebelde de Franco, el general facineroso y criminal donde los haya, Quipo de Llano, ordenó   fusilar   a   ¡trescientos   cincuenta!   Jefes,   Oficiales     y


Suboficiales que no quisieron sumarse a la rebelión, entre ellos estaba el general 2º Jefe con mando en la Plaza de Sevilla. Tuvimos que aguantar sus charlas hasta el 1 de febrero de 1938, charlas que empezaban con un “Buenas noches, señores” y que consistían en bulos, mentiras y exageraciones. A partir de esa noche se dejó de oír su voz, que mucho atribuyeron al exceso de vino pues sus diatribas eran burlonas, crueles y obscenas. Criticaba las costumbres de sus paisanos, anunciaba la ejecución de pueblos enteros, ensalzaba los atributos sexuales de los regulares, que les proporcionaba una gran hombría para el combate. Según algunas fuentes, el silenciamiento de tal caudal de propaganda se debió a la oposición o divergencia con Serrano Suñer.
De otra parte, también soportamos el colmo del cinismo y la estulticia: El general Franco promulgó la restauración de la pena de muerte el día cinco de junio de 1938 y criticó la abolición de la misma llevada a cabo por la nefasta República, y llevaba  y ¡dos años fusilando!
 


NOVENO FUSILAMIENTO
Mascara sin existencia y sin aliento. Fábula incumplida que se lleva el viento. El olvido es la agonía del vano desvarío
                              Cerón
 
El día seis de septiembre tuvo lugar una “saca”, directamente al paredón y con silencio total durante la preparación y un derroche de dignidad de los que cayeron. Salieron del Penal de Cuatro Torres, después de haber pasado  por el filtro clerical de Don Recaredo, el cura sanguinario y bárbaro. Fueron fusilados en el mismo lugar que los anteriores, cera del Penal, de espaldas al naciente por donde asomaba ya la pura claridad del alba, un cuadro goyesco para no olvidar jamás, jamás, jamás. Y entre la verde sapina cayeron lágrimas y cuerpos, sangre y dolor. Mancharon la nitidez de aquella mañana cálida, aquello malditos voluntarios para matar, ensuciáronse ellos mismo y a La Isla que se desangraba y a España que temblaba y huía de la barbarie desatada por aquellos militares y falangistas, requetés y el clero… retrógrados y desplazados.
Una vez más cayeron pero no se supo nunca donde los enterraron pues nada dijeron a sus familiares desconsolados, debilitados, de tanta búsqueda inútil, extenuados. Fueron los siguientes:
   José Ramos Lago. Radio primero de la Armada.
   Manuel Peralta Díaz. Natural de Algeciras. 38 años. Casado. Oficial segundo de la Armada. Dejó tres hijos. Vivía en la calle Real, San Fernando.
   Antonio  Farina  Pérez.  Casado  con  Josefa  Martínez.
Oficial Radio primera de la Armada. Vivía en el El Ferrol, calle Galiano, 60 -1º.
   Antonio  Martín  Janza  (o  Jaura).   30  años.    Soltero.
Médico de la Armada. Vivía en el barco. ¿Cuál?.


   Francisco Sánchez Gamero. Casado. Oficial segundo Naval. Vivía en calle San Rafael, 44-D, bajo. San Fernando.
 
 
Los familiares, que recibieron sus pobres enseres lloraron sin consuelo al pasar los “Bombos” del Arsenal, de vueltas del Penal, para atravesar el caño y, ya en el tranvía que los conducía hasta La Isla, tragaban lágrimas y suspiros que se mezclaban con el chirrío de los raíles  de aquel triste y anacrónico armatoste sucio y lento. El pueblo querido estaba viviendo una terrible  pesadilla por culpa de unos desamados de aquí y dos potencias fascistas europeas que les ayudaban y que pronto, muy poco tiempo después, caerían doblegadas, vencidas,  ante el ímpetu arrollador y glorioso de la razón, juzgados y lleva dos a la horca los principales responsables de aquel genocidio. Mientras que aquí no fue así, no tuvo eses final que esperábamos, increíble pero cierto, se les hizo héroes, se les paseó bajo palio y se les enterró en basílicas sacramentales que sólo deberían estar dedicadas a la religión. Personalmente pienso que el enterrado, los enterradores y los propietarios del lugar eran todos iguales, todos con los mismos intereses en juego y otros nuevos a crear, para chupar de la débil España, ante la mirada atónita de los extranjeros acusados de fomentar la leyenda negra tan traída y tan llevada como comodín de ocasión.
Precisamente, el día seis de septiembre del 36, mientras aquí se fusilaba a cinco militares que no quisieron sumarse a la rebelión, en Irún entraban las tropas rebeldes, conquistaba n la ciudad y, bajo la orden del general “conquistador”, Mola, fusilaban a diecinueve sacerdotes vascos. Decía un corresponsal de la época: “no en vano el general Mola ha llegado a afirmar ante las peticiones de clemencia: ¿Cómo queréis que cambiemos


un caballero español por un perro rojo? Si dejo marchar  a los prisioneros, mi pueblo me considerará un traidor... estos perro ya han destruido los valores espirituales más gloriosos de nuestra Patria. Y añadía: Tras la entrada de las tropas se ha producido el asesinato de diecinueve sacerdotes, por su condición de vascos, por no secundar a la jerarquía católica en su apoyo a la rebelión, por interceder ante los abusos cometidos por los rebeldes, o por todo ello al mismo tiempo. Luego se acusa a las fuerzas republicanas de la matanza de curas. Según parece, sólo es un buen sacerdote, monja o católico el que muere por el alzamiento rebelde. Los demás sólo son traidores”.
Vivíamos en un ambiente turbio y aciago. La Isla estaba en sombras grises de tristezas y rabia contenida. Los intelectuales y académicos se dejaron domesticar, se engancharon en aquel carro de injusticias y fueron por el trazado paralelo, como el de la vía del tren, que les marcaron y no escribieron nada, absolutamente  nada útil que reflejara aquel ambiente de oprobio; escritos que hubiesen sido muy eficaces para la Historia.
El embrutecimiento era general, mitad falsa religiosidad, mitad miedo sistemático. El corresponsal del diario de la provincia causaba indignación por sus “Ecos de Sociedad”, sus anuncios de triduos, novenas y sus pelotillas a los de siempre, tanto como había que contar, tantos muertos diarios de hambre, llevad os en caja-ataúd que servía cientos de veces, fabricada de pobre madera y pobre tinte. Ahora, algunos  intelectuales de clase privilegiada, tratan de relatar casos y cosas de los pobres de entonces, de los barrios famélicos donde nunca pusieron un pié. Pero se les ve el plumero, se les nota que no entienden que lo que hacen lo  saben  por  referencias  de  sus  criadas  y  asistentes y


ante esta usurpación para exhibir su escuela y clase, yo les digo lo que dijo el poeta:
“Al blanco arrullo de opulenta cuna no se mece jovial la poesía”. Claro que no les pertenece crear prestigio narrando penas y hambres que no sufrieron.
 
 
 
Continua……


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