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viernes, 30 de junio de 2017

LIBRO TRIGO TRONZADO - PROLOGO Y PRIMER FUSILAMIENTO - LA REPRESION FRANQUISTA EN SAN FERNANDO (CADIZ) 1936


LIBRO TRIGO TRONZADO (La represión franquista 1936 en San Fernando – Cádiz)

Autor: JOSE CASADO MONTADO

PRÓLOGO y PRIMER FUSILAMIENTO

Durante muchos años hemos estado sometidos a deformaciones de la historia contemporánea de este pueblo nuestro y estas crónicas pretenden ayudar a sacar a la luz de la verdad. Fui testigo, en razón de mi edad y están contadas con la frialdad que el caso requiere, por los años transcurridos y sin pretensiones de revancha, ni Ley de Talión, pero si con ánimos de dejar constancia de aquellos hechos de los cuales tanto se habló, por su trascendencia, tan poco auténtico se archivó y que cada cual a su manera los ha ampliado, disminuido o interpretado…

La euforia y el ímpetu que uso en ocasiones, deja huir la indignación acumulada ante las publicadas, verdades nubladas, o ensombrecidas, por aquellos equivocados e insensatos: es mi tubo de escape. Enmascara la rabia y el furor causados aquellos años, y que ahora, al transcurrir el tiempo, algunos osados enjuician acertadamente, cosa que ya nosotros, pobres víctimas ignorantes e inocentes, habíamos hecho sobre aquellos años de dolor injustificables, por mucho material y medios utilizados para embaucarnos, aquellos prestidigitadores de la estolidez.

Insisto y vuelvo a insistir. Repito el nombre de los mártires una y otra vez, e intento con ello que el recuerdo de ellos perdure como el castillo de San Romualdo, que se grave en la mente de mis paisanos, que es la forma mejor de demostrar el cariño al pueblo: honrando a sus mártires, recordándolos.

Mis adjetivos son duros y mis frases reiterativas y desnudas de todo formalismo que desvirtuaría el objeto de este trabajo. No, no he tomado en mis manos esta tarea difícil, para transmitir estos hechos con parsimonia o academicismo estudiado de antemano, para no herir susceptibilidades… ¡nada de eso! Yo expongo mis puntos de vista y el que se pique… “es  porque comió muchos ajos y aún apesta”.

Que conste, he utilizado, lo he intentado, una forma retrospectiva, esto es, hablar y escribir con el “yo” de hace cincuenta años, con un sarcasmos, sus maldiciones, sus faltas… la misma fraseología dura y hasta cruel de entonces. Enjuiciamientos toscos, consecuencia de una situación desesperada, en plena juventud, y que pretendieron embrutecernos, los que la trajeron, con aforismos engañosos y otros medios escalofriantes. Claro está que, puesto que se apoyó en la fuerza, aquella dictadura legalizó la violencia contra ella también. Todo derecho de fuerza desde aquí justifica lo mismo desde allí y no hay ética que estable un reconciliación. Mi violencia será escrita y no, precisamente, con insultos barriobajeros que eran los que utilizaban los verdugos; serán adjetivos calificativos que, según creo, pueden ser bien merecidos y aplicados.

Aquellos homicidas crearon palomas domesticadas pero entre ellas aparecieron cuervos y, ya se sabe, lo que hacen estos pajarracos cuando están vigorosos; aunque ya a estas alturas como digo más arriba, sólo se puede pretender abrirles los ojos a los mentecatos y nuevos domesticados para evitarles la trampa.  Y lo hacemos con el derecho de réplica, fortalecido por los testimonial y en pleno conocimiento de la necesidad actual de oponerse  a  la  continuación  de  referencias  tergiversadas de hechos y acontecimientos que nos traumatizaron, pero que algunos desdeñan, cometiendo un fraude de la Historia de la Isla. Por mi parte, me considero una sencilla “tórtola”, pero con  buena memoria.

Llegó aquel desdichado dieciocho de julio de 1936, y con él la putrefacción y un derroche de odios, tiroteos, fusilamientos, huidas cobardes, infames chivateos para tratar de cubrirse… desmanes impensables unos días antes. Todo ello primer acto para pasar seguidamente al terror implantado sistemáticamente a base de muchos fusilamientos indiscriminados, purgantes de aceite de ricino, bofetadas y malos tratos a hombres y mujeres decentes, padres de familia, por el solo delito de tener un hijo de izquierdas o haber participado en una manifestación que, dicho sea de paso, estaban legalmente autorizadas.

Parte de estos suplicios, eran efectuados por jóvenes muchachas adoctrinadas, que tan pronto las veíamos vestidas de uniforme de gala falangista, corbata, falda negra, camisa azul, correaje y boina roja liada sobre la hombrera derecha… como de mantilla negra y peina con gran cruz bamboleándose entre los senos estériles, muchos de los cuales jamás fueron tocados por ningún hombre. Había dos lesbianas crueles y temidas, una hermana de un cura célebre y la otra, Rosario V., “la machota”, con un puesto en el mercado central como pago a tantos sinsabores y lágrimas como causó. A mi padre lo acusó de algo que no hizo y lo detuvieron, pasando cuatro meses en el Penal  de La Carraca, inolvidables. A muchas mujeres la llevaron al cuartel de la Falange de la Alameda para hacerlas sufrir con el purgante, el rapado de cabeza y otros ultrajes.

De estos especímenes de ambos sexos era aquel conjunto de elementos que pretendían enseñarnos ética y… ¡religión! Practicaron la más abyecta de las hipocresías, asistiendo a misa diaria, bien vistas y revistadas por el coronel castrense, Don Recaredo, que los exhortabas a acabar con el ateísmo. Limpiadores por encargo, de las suciedades de la cristiandad, y de   judías   blancas   y   rojas,   masones,   comunistas o  no… exactamente igual que sus camaradas y amigos los nazis de Alemania hitleriana, sus consejeros. Y sobre esto de las misas y asistencias a actos religiosos, el cardenal Tarancón dijo hace  unos días: “Aquí no era todo oro lo que relucía. Habían católicos de comunión diaria que, a la hora de la verdad, no daban ningún ejemplo de ello”. Esto lo sabíamos nosotros cincuenta y seis años antes que se decidiera a decirlo su Eminencia, y muchas  verdades más que han callado.

Aquella isla alegre de antes del golpe de Franco, que empezaba a alfabetizarse porque se abrieron escuelas laicas, gratuitas y obligatorias, ciudad de grandes esperanzas en las industrias existentes, que daba trabajo a muchos jornaleros de los pueblos colindantes, ciudad eficaz y efectiva, que aprendía a reclamar los derechos elementales del trabajador explotado, embrutecido e ignorante, porque se habían creado  sindicatos que informaban sobre la forma de poder conseguir lo tan deseado y obtenido ya muchos años antes en otros países vecinos: ocho horas de trabajo al día y, también, algo que nos parecía una quimera inalcanzable, ¡la seguridad social! Todo mi gozo en un pozo, cuando llegó el golpe de Estado; ya que empezaban a madurar las ideas, progresistas y europeas, liberales, que nos igualaba y nos civilizaba al mismo tiempo.

A raíz de los sucesos acaecidos en Casas Viejas, 11-01-1933, Europa entera supo la situación de miseria absoluta y total en el campo andaluz, y comprendieron que estaría justificado cualquier acto de insumisión, duro, de reclamación, porque la situación era extremadamente dura en esta provincia de Cádiz con sus grandes latifundios desposeída de ayudas y humanismos, de caridades, de auténtico patriotismo que, según creo, debe empezar por razonar, ayudar al prójimo, transigir en sus fallos y admirar al forastero en lo difiere… elementalmente.

Aquellas feroces corridas de toros donde a los pobres caballos los sacaban sin peto y el toro los destripaba, ante el jolgorio popular y analfabeto y donde un matarife, al que podía, le metía las tripas dentro, lo cosía con una gran aguja y guita, para volverlo a sacar, pero cuando ya la pobre bestia no podía levantarse, en la misma calle, lo apuntillaba, a la vista de numerosos chiquillos. Circo romano de albero amarillo  manchado de sangre, de mucha sangre, que hacía vibrar a aquella plebe hambrienta y embrutecida, ineducada, sedienta de sangre de toro, de caballos y de personas, hirviendo de ardores ciegos y desesperados, oliendo a alcohol barato con nombre de vino. Mientras que la crema aristocrática, responsables de aquella evasión artística y exhibicionista, altiva y distante, se alejaba en coches enjaezados entre ruidos de cascabeles y de herraduras, una vez terminada la matanza, sobre adoquines chisporreantes. Claveles y mantillas sobre peinas y olor característico, entre tabaco negro y malo, sudores de personas y bestias azotadas, personas que no conocían ni la ducha ni el baño, y…un olorcito tímido a agradable a alcanfor de baúles aristocráticos y perfumes de Emilio Salas que exhalaban las presidentas a su paso.

Los señoritos de apellidos sajones, chacha irlandesa, institutriz francesa, vehículos modernos de la época en calidad y comodidad, servidos por legiones de obreros y empleados pagados con cuatro cuartos y sin ningún derecho, aparte del de  la reverencia diaria a sus amos. ¡Señoritos con dinero e imitadores, o seguidores de ellos, cuan responsables fueron también de los que nos llegó!

La experiencia nos facilita el saber que, por aquellos años, de lo que teníamos falta, necesidad perentoria, era de escuelas y de teleras de Medina, y no de rosarios de la aurora y fusilamientos al amanecer; no de promesas de Imperio y campos de concentración, como contraste. Ya empezábamos a saber los hijos de trabajadores algo elemental en cultura… justicia social, teatro, poesía, como asimismo la necesidad de fraternizar y unirnos para poder llevar a cabo la reforma social que tanto anhelábamos y necesitábamos. Ya empezábamos a comprender que la misión encomendada a ciertos personajes sólo era una diversión que enmascaraba privilegios y explotación, que no   era otra cosa que abusos y estafas de oligarcas sin escrúpulos ni corazón que pasaban sus días jugando en los casinos.

La Isla en la que tantos remiendos exhibíamos y a tantos cuellos de camisa se les daba la vuelta para bien aprovechar,  para estar presentables con miras a algún empleo de responsabilidad aparente, y para demostrar una cierta dignidad rústica. La Isla del año 36, de movida política, alegre y esperanzada a pesar de la campaña desatada por las derechas y el clero con el slogan de que el ateísmo había que combatirlo  aún aliándose con el mismo demonio, y se comprende, el demonio nunca le socavó sus privilegios, los ateos, sí.

Y así lo hicieron. Se aliaron con los diablos europeos que enviaron sus legiones a destrozar a la pobre Abisinia un año antes, 1935, desgraciado país, miserable, mal administrado, que si no eran cristianos poco le faltaba, o sea, que no iban a matar comunistas, que era el único pretexto que esgrimían todos aquellos que se preparaban para la guerra. En el país aquel, a mi entender, eran cristianos, pero habían pasado muchos siglos desde San Frumencio, enviado del patriarca de Alejandría y ya los fascistas se habían sacado de la manga el slogan, falso pretexto, que no convenció a nadie, del “espacio vital”. Así que los paupérrimos abisinios fueron los primeros en sufrir el zarpazo de la bota fascista y de su civilización.

En aquellos días ya se gestaban la intervención de Italia en España, deducido principalmente de los contactos que habían iniciado sus homólogos españoles, (militares, civiles y hombres de negocios) que en aquel momento se reducían en planes de ejecución para la formación, en Centros Militares italianos, de oficiales para encuadrar las milicias carlistas que se estaban constituyendo en Navarra. Al inicio de la rebelión el multitraidor y decano del generalato, Miguel Cabanellas, se encargó desde Zaragoza, de enviar a Pamplona toda clase de armamento, entre los que figuraban doce mil fusiles. De esa forma y de la noche a  la mañana, se encontró Mola con un auténtico ejercito listo para entrar  en  acción,  los  famosos  Tercios  de  Requetés,  todo un alarde de eficiente conspiración y que cito como ejemplo ilustrativo de los muchísimos casos que conformaron aquel horrendo golpe de Estado contra el pueblo español, crimen a cargo de los autollamados de siempre “salvadores de la Patria”.

Pero volvamos a la Isla de aquel 17 de julio de 1936. la tarde era plácida y purísima en el cielo, pero en la Plaza de la Iglesia había exhibición de las derechas, había efervescencia azul en la puerta de “La Mallorquina” y aledaños, provocando a los trabajadores que venían de La Carraca o de la S.E. de C.N. y a todos los que pasaban para los sindicatos o venían de ellos. Allí estaba el chalado y adoctrinado de “Majanillo”, carnicero de poca monta y con un hijo en el seminario de Cádiz, acomplejado de superioridad por este hecho. También estaba un vecino suyo  y de la misma calaña, mal banderillero, que trabajaba de pelotillero-chivato-mandadero en el ayuntamiento, yerno de la “Chaleca” del patio de Felipa, pobre señora que vendía liaillos, cigarrillos que se hacían con colillas que les llevaban los colilleros por las tardes. Este elemento se las daba de alcalde de barrio y pretendía poner orden y mandar y lo que pasaba era que los del barrio le teníamos miedo. Formaba parte del grupo mencionado, dos hermanos muy conocidos que creyeron que fusilando a  todos los sindicalistas, militares republicanos, masones, comunistas, socialistas, anarquistas y gentes dudosa de no ir a misa domingos y fiestas de guardar, creyeron, repito, que la guerra estaba ganada, carrera hecha en la política y futuro asegurado. Más cuando quedó España dividida en dos y en esta Isla nuestra ya se habían fusilado bastante, entonces, algunos marcharon al frente de combate y el destino metamorfoseó, ya que pasaron de fusiladotes a héroes de pacotilla y pagaron los crímenes cometidos. Ironías del destino.

Entre los fanfarrones aquellos de correajes y pistolas estaba Pepito Acosta con sus amigos Fernández, Sánchez de la Campa “Marqués de las coliflores”, elemento chulo y repelente, criminal. Sufo, también policía nacional, elemento de una crueldad inusitada. Y el vil C. Bueno, que se hizo famoso   porque daba patadas a los fusilados aún después de recibir las victimas  el tiro de gracia, del que la Isla guardaba un siniestro recuerdo. Acompañábanlos el cabezón inútil y criminal asesino, Cardoso, que vino a casa a detener a mi padre y fusiló voluntariamente a muchos hombres modélicos de la Isla. Otro elemento odioso Correa, el de la fonda de La Carraca, esquizofrénico y criminal. Con ellos también M. Ortiz, tratable, desequilibrado sexual, que también fusiló a muchos padres de familia honrados y decentes, para más tarde ajusticiarse él mismo, ahorcándose. Fossi, loco con su moto y loco fusilando y tras fusilar a muchos conocidos suyos isleños, acabó descuartizado en una carretera en un accidente de carretera. Luis Milena, con nombre de calle y todo, ingeniero, con un cargo importante en la S.E. de C.N., que indicaba a los falangistas a quienes deberían asesinar de los talleres bajo su jurisdicción que vivía en un chalet a la salida de la Isla.

Al pobre de J. Escudier le requisaron sus camiones, algo que sucedió en toda España, creo que eran tres, y no se los devolvieron más, dejándolo en la ruina y, tal vez, fuera esta circunstancia la que le salvara la vida; aunque él atribuía la salvación a que estando una vez en la Plaza de la Iglesia Mayor con su taxi y viendo que unos insensatos incendiarios habían metido fuego en una puerta lateral de la Iglesia Mayor, él lo apagó rápidamente con el chaquetón de cuero que llevaba puesto. Me lo contó antes de morir él mismo. Estaba afiliado al partido comunista.

Pus bien, en uno de estos camiones cargaban a los que iban a ser fusilados, sacándolos del Penal de La Casería, cuyo responsable era el tristemente célebre Don Juan Prieto, Capitán de Infantería de Marina, manso y servil con los que mandaban y soberbio y canalla con los detenidos y el que seleccionaba a los pobres que debían morir. Pero lo más canallesco era que los despojaban de sus pertenencias antes de morir en manos de los falangistas. Los camiones de Escudier también sirvieron para transportar  a  los  que  sacaban  de  la  cárcel  del Ayuntamiento, entre ellos a nuestro alcalde mártir, Don Cayetano Roldán. Sirvieron también para transportar a los condenados a muerte  sin juicio previo o simulacro del Penal de Cuatro Torres en el Arsenal de La Carraca. Su dueño estaba entristecido por el servicio tan trágico de sus camiones que como digo, nunca más volvió a ver y nada le indemnizaron, como a tantos otros.

La tarde estaba templada, luminosa y los que serían fusilados horas o días después, incautos ellos e incrédulos ante los rumores, ya que no se consideraban culpables de nada, tomaban tranquilamente gazpacho fresco con agua del pozo en las puertas de sus humildes viviendas, sala y alcoba, cocina de lata y madera, en sus patios de vecinos respectivos, sobre sillas de enea recambiables. La abuela recomendando calcetines, o zurciéndolos, y la madre liada con el planchado, plancha de hierro fundido, carbón vegetal y soplador en movimiento. Entonces no había tiempo que perder y todo se aprovechaba, hasta el agua en el retrete para no llenar la poza, porque el dueño se enfadaba y subía el alquiler.

Pese al ínfimo nivel de vida de aquellas familias y de lo que significaba el quedar sin trabajo, que no había mucho, existía un ambiente generalizado de optimismo y esperanzas. Las gentes trabajadoras se organizaban y preparaban el futuro porque sabían que los beneficios sociales que ellos reclamaban no eran excesivos y ya estaban en vigor en otros países europeos, como he dicho antes, pues la jornada de ocho horas en salineros y albañiles, por ejemplo, no existía todavía, ¡cincuenta años después de la sangrienta represión de Chicago!, pero el proceso se aceleraba. Había el lógico forcejeo y una psicosis alegre solo enturbiada por la actitud intransigente de aquella derecha incivilizada y feroz, como a veces, intolerantes eran los obreros porque no existían prácticamente los medios a nuestro alcance para valorar la situación. Pero la exteriorización y ferocidad de  los señoritos, sus compinches y cipayos de la derecha eran muy distintas; superó todas las previsiones, como se vio, fueron impensables y alucinantes.

La curia actuaba con socarrona verborrea “aconsejando” a los obreros no cometer excesos, mientras aplaudían las amenazas y provocaciones en la calle Real de los grupos de falangistas armados, dispuestos a todo como comprobaremos más tarde, y conviviendo con ellos, viles candidatos a asesinos. Aunque lo más duro e inesperado para muchos fieles, fue que siguieron conviviendo con ellos después del 18 de julio, a sabiendas que ya se habían convertido en asesinos consumados, y… “dime con quienes andáis y os diré quienes sois”. No sólo convivir, sino exhortarlos desde el púlpito a acabar con toda competencia desleal (fanatismo y poder) de la iglesia aquella. Si en España hubiesen vivido judíos en aquel año, también hubiesen caídos en holocausto, puesto que las autoridades estaban completamente identificados con las normas de Hitler y su nazismo, y las cuales copiábamos o imitábamos. La iglesia pretendía el hegemonismo nacional y la reconquista de sus predios y privilegios que estaban en decadencia. Los esbirros de Franco con sotanas, inquisidores actualizados, con pagas sustanciosas, galones y prebendas de la Armada, se volvieron seres sin escrúpulos, deleznables, en esta Isla nuestra de tanto dolor, porque avivaron la llama del odio y el rencor en lugar de fomentar el perdón y la reconciliación entre hermanos.

Somos testigos vivientes de aquella polvareda y se que muchos estamos aún secuestrados por aquellos recuerdos de barbarie. Ni cineastas ni actores, ni periodistas o escritores han descrito con la desnudez y el coraje que el caso requiere y la Historia exige, todo lo que nosotros jóvenes entonces, vimos con nuestros ojos y sufrimos en nuestros estómagos hambrientos y en nuestros sentimientos de adolescentes. Basta que cualquiera intente informar sobre aquellos años de violencia y guerra para que las derechas y el beaterío de siempre, protesten con la cantinela harto conocida: “que si los asesinatos de curas y  monjas y quemas de conventos en la otra zona y lo malo que  eran (o son) los comunistas, socialistas, masones, etc”. Que sí, que sí, que el alzamiento-cruzada de aquellos generales rebeldes desataron todos los odios y las pasiones inimaginables, pero…

¡bien que lo pagaron sus excesos y crímenes los del bando republicano!, mientras que en esta zona, aquí en este pueblo, los asesinos salváronse de la justicia, aunque casi todos acabaron autoexcluyéndose, suicidándose, pero como digo, no fueron ajusticiados, enjuiciados, vivieron en  constante  remordimiento de conciencia y penitencia asistiendo, con caras de personajes del Greco, a todos los actos religiosos que se celebraban, que no eran pocos.

Emilio Romero dice que las utopías por aquellos años eran “purísimas” y yo pienso que eran necesidades urgentes lo que impulsaba a las masas a sus reivindicaciones laborales, los obreros y campesinos no sabían de utopías, sólo entendían de sus atrasos y miserias, analfabetismo y humillaciones. Séntianse frustrados porque la República fracasaba, saboteada por los cuatro costados, en la cual tantos millones de españoles habían puesto su esperanza. La República imperfecta, novata, debilitada por el exceso de tolerancia democrática y por tanto derechismo incivilizado, que cedió al llamado de los señoritos de la comarca y trajo la muerte y el dolor a Casas Viejas, sin prever que detrás de la tragedia de la aldeita mártir, vendría la derrota de ella misma por esas fuerzas reaccionarias que ella misma por esas fuerzas reaccionarias que movilizó y ayudó.

Unos meses después de aquellas votaciones de febrero del 36, la soberbia de las derechas españolas, ciega, absurda, vil, estúpida, nos sumieron en un silencio de muerte y lutos cuando ya la Isla había inaugurado escuelas gratuitas y libertad absoluta  y total para afiliarse a cualquier partido político y de expresión  de ideas. Eran toscas las formas y maneras, si, lo sabemos, porque las masas obreras y campesinas llevaban siglos de explotación, pero también eran duras las represiones y totalmente negativa la posición de las derechas a compartir la emancipación, el desarrollo y el derecho a la cultura. Se refería por entonces el dicho de: “Córdoba la bravía, con tres mil tabernas  y  una  sola  librería”.  Creo  que  todas  las provincias andaluzas estaban en la misma situación de incultura, los libros no eran material de uso ara los obreros, en las casas no había ni uno solo, aunque en honor a la verdad, aquí en la Isla había unas cuantas familias modélicas progresistas, que leían en sus casas y se les notaba en educación, hablaban pausadamente, formaban parte de los responsables de su Club, Liga o Sindicato y exteriorizaban una gran dignidad en su trato y en su indumentaria. Aún hoy se lee muy poco.

Ya en algunos lugares de trabajo se había conseguido algunas ventajas laborales, sobre todo en los talleres d La  Carraca y en la Sociedad Española d Construcción Naval, lo que creaba una situación un tanto confusa, porque la diferencia  entre obreros del campo, salineros y albañiles y los de las  fábricas mencionadas era considerable y las divergencias se manifestaban de forma muy heterodoxa.

Con todo, la Isla vibraba de utopías y proyectos… “para cuando me suban el sueldo”, y aquella mañana del dieciocho de julio estaba luminosa, si, no había levante, había calma chicha en los cielos y en los mares y, como contraste, unos proyectos maquiavélicos de algunos militares y falangistas. En la calle Real aparecieron las fuerzas de Infantería de Marina desplazándose y ocupando todos los edificios principales de la ciudad. Los sublevados dieron órdenes de suspender trabajos y cerrar colegios, mientras la radio dejaba oír sus gritos engañosos de

¡Viva la República!, pues los primeros días se presentaban como salvadores de ella… vil engaño, que causó la muerte a muchos incautos, confiados e inocentes.

La angustia se apoderó de la ciudad, porque los falangistas, por grupos, se hicieron dueños de ella, disparaban y desafiaban protegidos por los militares. El Alcalde, Don Cayetano Roldán, intentó reunir a todos los concejales convocando una reunión para el día diecinueve por la mañana, pero fue detenido, insultado y maltratado e ingresado en la prisión del ayuntamiento. Empezabas su agonía y su gólgota.

La noche del 18 al 19 nadie durmió en la Isla porque se disparaban tiros por doquier, con objeto de sembrar el miedo e impedir que huyeran los afiliados a los sindicatos y partidos políticos, y poder cazarlos a todos y fusilarlos, como así lo hicieron. Puertas cerradas y trancadas y calles desiertas, sólo vigilada desde el interior de las ventanas, visillos mínimamente levantados. Empezaba el terror, el horror pues los esbirros se habían instalado ya y daba comienzo el largo vía crucis de nuestro pueblo… muertos, lágrimas, dolores y hambre.

Además de los asesinos mencionados, también estaban los hermanos Camacho, bellacos, truhanes y alevosos. Uno de ellos que vive en la calle Real, encontrábase sentado n su puerta, hace unos años, tomando el fresco, era verano. Paró un auto que venía de la dirección de Cádiz y acercándose a él su conductor le escupió a la cara diciéndole: “mataste a mi padre porque eres un asesino, debería ahogarte ahora mismo, pero no quiero ponerme a tu altura ni manchar mis manos” y se alejó en su vehículo. Fue su forma de hacer justicia.

 

PRIMER FUSILAMIENTO

Españolito que vienes al mundo te guarde Dios; una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

A.Machado

Lo supimos por los hombres que descargaban verduras en  el mercado central, de madrugada, y los vieron sacar de la  prisión del ayuntamiento. Cuando el camión llegó y subían, los falangistas que los custodiaban amenazaron a los cargadores con las pistolas los cuales huyeron hacia el interior del mercado. No obstante algunos oyeron llorar a un adolescente y la noticia corrió como la pólvora: “Han sacado a los tres hijos de Don Cayetano el Alcalde y los han fusilado en Puerto Real esta mañana temprano”. Y éste, que fue el primer fusilamiento colectivo, monstruoso, nos sumergió a todos los isleños, jóvenes y viejos en un una situación de pánico impensable. Más tarde supimos más detalles. Lloraba Cayetano, a sus dieciséis años, abrazado a su hermano el doctor Manuel Roldán, que le consolaba con ternura y entereza, ante aquella situación demencial y al contemplar los ojos de hienas azules de los falangistas asesinos.

Las ejecuciones las efectuaban al pie del pino gordo del pinar de Las Canteras y sería interesante aún hoy, investigar que súbito mal atacó a tan frondoso y corpulento árbol para que se secara al poco tiempo. ¿Fue, acaso, avergonzado de tanto crimen de que fue testigo o alguna asesina bala que también le llegó al corazón?

Me contaron que los tres hermanos murieron abrazados, después de haber confesado y comulgado, para que salvaran sus almas. Al cura que los confesó, sus almas acribilladas a balazos no les interesaba un comino. ¡Con los cuerpos que podrían haber salvado si hubiesen querido, con el poder que tenían! Caridades especialísimas que dan asco referirlas.

Tanto como el de ellos sería el dolor de su padre que quedó en aquella lóbrega prisión sin tan siquiera una simple colchoneta para dormir. Un hombre, nuestro alcalde, de unas cualidades humanas extraordinarias, que era médico de los pobres, que no cobraba cuando iba a partear a Villalatas y, encima, le entrega un duro en plata para que pusieran un puchero. Pero aquel hombre excepcional no podía imaginar que a sus tres hijos los fusilarían esa misma mañana en Puerto Real. Creería que los trasladarían a otro lugar. Allí quedó, en capilla, prolongándole sus penas y agonía los esbirros que lo custodiaban, junto a otros condenados a    muerte,    honrados,    laboriosos    y    decentes,    sobre  todo ¡inocentes!

Fueron fusilados:

          Juan Roldán Armario. Maestro Nacional.

          Manuel Roldán Armario. Médico. Hermano del anterior.

          Cayetano Roldán Armario. Estudiante. 16 años. Hermano de los anteriores.

          Manuel Ruiz Espinosa.

          Joaquín Duarte Moreno.

          Sebastián Marín Lozano.

          Emilio  Armengod  Molina.  Esposo  de  Ascensión  García de Lomas. Representante de una Cía. De Seguros y padre de cinco hijos.

          Juan Vázquez Grafía. Empleado del Ayuntamiento. Dejó mujer y un hijo de once años.

Estos fueron los primeros ocho isleños en caer bajo las balas asesinas, prólogo, como se verá, de una situación, que llegó a un extremos imprevisto e increíble.

Las noticias de que estaban fusilando a isleños muy conocidos por buenas personas. Como los tres hijos del Alcalde, nos sumió a todos en un estupor terrible. Los falangistas, ellos mismos divulgaban sus heroicidades con fanfarronerías y jactancias, comentarios sórdidos y espeluznantes de beodos y fanáticos alocados.

Desde aquel golpe de Estado, que muchos imbéciles atribuyeron e intentaron machaconamente hacernos creer que era… ¡providencial!, muchos isleños dejamos de creer en Franco y en la Providencia…

Aquella purificación anunciada consistía en efectuar muchas misas al aire libre, llamadas de “campaña” a la que asistían los asesinos que horas antes habían fusilado y  llevaban aún frescas las manchas de sangre en los bajos de sus pantalones. También consistía en muchos rosarios de la aurora, aunque, si mal no recuerdo, esto fue meses después del golpe, del inicio de la “cruzada”.

Algunos días después trataron de dar apariencia de normalidad, obligando a ir al trabajo y abriendo las escuelas. En los colegios faltaban algunos niños cuyos padres habían sido ya fusilados y cuando volvieron lo hicieron de luto riguroso y en sus caras llevaban marcadas la tragedia que acababan de vivir sus familias. Sin caridad, ni pizca de piedad, hacia ellos, se oyeron voces infamantes y acusatorias de que… “eran hijos de comunistas, socialistas, judíos-masones, de esos que se veían en la procesión pegándoles a Jesucristo atado a  la columna”.

Sobre los masones inventaron toda clase de falacias, atribuyéndoles brujerías, matar niños para chuparle la sangre, estar en contacto directo con Satán, el cual los visitaba cada noche. Recuerdo perfectamente que las gentes decían que en la cocina de la casa que poseían en la calle de San Nicolás, tenían un ataúd para sus proyectos sanguinarios. De este cariz eran las informaciones que propagaban curas, beatas y los pelotilleros aquellos exaltados para, tal vez, intentar convencer o justificar las fechorías que estaban cometiendo.  El cura Don Recaredo, desde su púlpito lanzaba auténticos mítines bélico-políticos que ponían el vello de punta exhortando a aniquilar y aplaudiendo a la jauría aquella a continuar con su tarea “purificadora”.

Continuará

 

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