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sábado, 30 de julio de 2016

EL AMARGO ABISMO: ASESINATOS EN LA MARFEA


EL AMARGO ABISMO: ASESINATOS EN LA MARFEA

Por FRANCISCO GONZÁLEZ / CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

Caían en la Marfea masivamente, cientos de hombres, algunas mujeres, luchadoras, luchadores antifascistas, anarquistas, comunistas, socialistas, personas que defendían a la clase trabajadora, la democracia, la legitimidad constitucional.

El abismo era el lugar desde la noche del domingo 19 de julio del 36, la corriente arrastraba los sacos con los cuerpos dentro y las piedras que casi nunca eran suficientes para que se quedaran pegados al revuelto fondo marino, no era suficiente el peso, el mar arrastraba los cuerpos ahogados hacia dentro.

Aquel fondo marino parecía un desfile de buena gente rodando por la arena y las algas hacia un lugar desconocido, algunos sacos parecían moverse, como si alguien quisiera salir, sus piernas se movían dando pataditas cual espejismo, golpeaban las ataduras de soga de pitera, pero quizá fuera un efecto óptico, era como extremidades que golpeaban el saco de plátanos, como tratando de romperlo para emerger hacia el oxigeno, al aire de la Playa de La Laja, mientras la calima inundaba aquel inmenso Atlántico.

Arriba los falangistas disfrutaban del espectáculo, Eufemiano Fuentes, los hijos del Conde de la Vega, el terrateniente británico Bonnny, el criminal cura de Telde con pistola al cinto que ya borracho no daba la bendición a los que iban a morir, demasiado ron aldeano, confundía la extremaunción con la canciones de la taifas de las casas de putas del barrio de Arenales.

Allí se quedaban los fascistas después de arrojar al mar a lo mejor del pueblo canario, miraban al horizonte mientras amanecía en julio, el sol salía bajo un horizonte rojo, eso les molestaba, les irritaba los ojos con las pupilas dilatadas de tanto alcohol, resacados de la fiesta de la sangre, preparando la retirada a sus hogares, satisfechos de un nuevo exterminio, del genocidio estructurado sobre miles de canarios que defendían la democracia y la libertad.

Siempre se iban igual, dejaban las botellas vacías de ron en la explanada, algunos sacos llenos de sangre, las balas de los tiros en la nuca de quienes se resistían demasiado, ropa interior de mujeres violadas antes de ser asesinadas.

 Se retiraban sobre las siete de la mañana, era la hora clave en julio para que nadie los viera, todavía era casi de noche, la oscuridad protegía la salida de los coches y camiones de los asesinos, volvían a sus casas, algunos besaban a sus hijos que se despertaban para ir al colegio.

En el fondo oceánico ya no quedaba nada, el desfile submarino de la muerte había desaparecido, solo alguna tonina, varios zifios, delfines que miraban desde el mar sin entender la inmensa maldad de aquellos terrícolas, la brisa parecía apaciguar las olas gigantes que rompían en los acantilados de la memoria.


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