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miércoles, 22 de julio de 2015

CARRILLO SE HIZO CON EL CONTROL DEL PCE TRAS "LIQUIDAR" A DESTACADOS LIDERES DEL MAQUIS

 
Carrillo se hizo con el control del PCE tras “liquidar” a destacados líderes del maquis
“La diferencia está en que en mi época ya no se mataba”. Así se refería Jorge Semprún en el documental sobre Jesús Mónzón realizado por OptimTV, a la distinta forma en que la cúpula del PCE trataba a la disidencia a mediados de los años 60, cuando él y Fernando Claudín fueron expulsados del partido, y a la forma en que se “liquidó” la corriente “monzonista” durante los años 40.
Hasta esas declaraciones de Semprún y sobre todo hasta la actual publicación de la biografía de Santiago Carrillo escrita por el historiador Paul Preston –El zorro rojo– solo era una fundada sospecha que Carrillo se hizo con el control  del PCE no solo desprestigiando y acusando de colaboración con el franquismo a los disidentes sino también acabando con su vida.
En esta crítica biografía publicada por Ediciones Debolsillo, se citan al menos dieciséis casos de cuadros y militantes que murieron porque así lo decidieron los responsables del PCE, fundamentalmente en la década de los 40, mientras que otros dirigentes tuvieron el convencimiento de que se planeó su asesinato.
Eso es lo que ocurrió con los casos de Herriberto Quiñones, el primer re organizador del PCE tras la Guerra Civil, Jesús Monzón, impulsor de la Unión Nacional Española (UNE), del maquis y de la invasión del Valle de Arán, y con Joan Comorera, secretario general del PSUC –rama catalana del PCE– durante todos ese periodo histórico.
Quiñones, pese a que fue salvajemente torturado por la policía y tuvo que ser ejecutado sentado en una silla porque no se podía tener en pie, siguió siendo considerado un “agente franquista”, cuando su único delito había sido enfrentarse a la dirección del partido. Jesús Monzón se libró de la muerte porque, casualmente, fue detenido por la policía cuando se dirigía a la cita donde iba a ser ajusticiado, mientras que Comorera, acusado de “agente de la reacción, del imperialismo” y de “desviación titista”, falleció en 1958 en la cárcel de Burgos, donde cumplía condena tras ser apresado cuatro años antes por dirigir la organización clandestina del PSUC en Barcelona.
Otros muchos cuadros medios, sobre todo de la época del maquis, en algunos casos verdaderos héroes de la Resistencia Francesa, simplemente fueron “liquidados” por otros “camaradas” del partido por orden de la dirección en circunstancias que el Partido Comunista nunca ha aclarado.
Entre ellos se encuentran Gabriel León Trilla, Alberto Pérez Ayala, Pere Canals y Pascual Giménez Rufino ‘Comandante Royo’, todos ellos colaboradores de Jesús Monzón en la UNE y ejecutados entre 1944 y 1945. Más tarde y con los mismos métodos, caerían los responsables del maquis José Tomás Planas ‘Peque’ (Zona Centro),  Juan Ramón Delicado, Valentín Pérez, Francisco Corredor Serrano ‘Pepito el Gafotas’ y Francisco Bas Aguado ‘Pedro’ (Agrupación Guerrillera del Levante); Víctor García Estanillo ‘El Brasileño’, Teófilo Fernández  y Manuel Fernández Soto ‘Coronel Benito’ (Galicia) y los asturianos Baldonero Fernández Ladreda ‘Ferla’ y Luis Montero Álvarez ‘Sabugo’.
Especialmente dramático es este caso, según relata Paul Preston, ya que Luis Montero había participado en la Resistencia Francesa, había sobrevivido a las torturas de la Gestapo y al campo de exterminio de Mauthausen y defendió con valor a los republicanos que habían estado en los campos de concentración nazis frente a las acusaciones de colaborar con los alemanes. Para Carrillo y otros miembros de la dirección, quienes habían salido vivos del exterminio nazi eran sospechosos de haber trabajado voluntariamente con las SS.
Pese a su delicada salud, Luis Montero fue enviado a la guerrilla en Asturias, siendo detenido y torturado por la Guardia Civil. Puesto en libertad, sería ejecutado en Francia en marzo de 1950. Uno de los últimos asesinatos ocurriría un mes después cuando el cuerpo de Redempció Querol, una catalana que trabajaba en un comercio-tapadera, apareció en una caja de madera flotando en el lago Gironis (Alto Garona).
Según comenta Preston, había realizado preguntas comprometidas sobre la desaparición de su marido, Miguel Muntaner, también militante comunista. En este caso aparece implicada la primera mujer de Carillo, Asunción Sánchez Tudela, que junto con el presunto autor del asesinato, Ramón Roldán, consiguió escapar de las pesquisas policiales refugiándose en la Embajada soviética de París.
Todo indica que en la década de los 40 hubo más “liquidaciones” de este tipo, un hecho que incluso indirectamente admite Santiago Carrillo en sus memorias al decir que no era necesario dar órdenes de asesinato porque quien se enfrentaba al partido corría esa suerte debido a la dureza que la militancia suponía en esos años.
Según el trabajo de Paul Preston, la dirección del PCE tuvo dos instrumentos claves para llevar a cabo estos crímenes: uno eran los militantes adiestrados durante la II Guerra Mundial  por el NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), un precedente del KGB, y el otro era el aparato encargado de los pasos de frontera. En su enfrentamiento con Carrillo, Joan Comorera, desde la clandestinidad barcelonesa y tras recibir todo tipo de acusaciones por parte de la dirección oficialista, llega a decir que solo faltaba aplicarle el “Protocolo M”, clave que en el NKVD significaba asesinar a un disidente.
Lo patético del caso es que, como también se desprende de la obra de Preston, al final, Carrillo terminó asumiendo las políticas de Unión Nacional defendidas por Quiñones y Monzón, admitiendo la alianza con fuerzas que incluso habían participado en el llamado Bando Nacional durante la Guerra Civil, o aceptando la “independencia” del PSUC, tal y como la defendía Comorera, aunque estos dirigentes tendrían que esperar más de tres décadas para ser rehabilitados como “héroes de la libertad” por el PCE en el periodo dirigido por Gerardo Iglesias.

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