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miércoles, 18 de marzo de 2015

MALDITA DEMOCRACIA


Maldita Democracia

La delegación en las decisiones que afectan a nuestras vidas es el canto de sirena con que el Estado intenta constantemente aplacar la lucha de los oprimidos. Mediante los mass – media, el sistema de enseñanza y demás medios de los que dispone este sistema para la formación de pensamiento, el Estado nos inculca la ideología que necesitamos a una gama de expertos que decidan por nosotros teniendo supuestamente en cuenta exclusivamente nuestro bienestar como criterio objetivo.El padre, profesor, el trabajador social, el psicólogo, el político, el delegado sindical, todos se arrogan una sabiduría objetiva y unas capacidades de las que el resto supuestamente carecemos.

 Esta sabiduría objetiva es la que nos es presentada como indiscutible y en base a ella cedemos llegando al absurdo de reconocer que la gestión de asuntos colectivos es una técnica reservada a unos dirigentes. Esto responde a la lógica de un sistema que ha inutilizado las herramientas clásicas de la clase obrera en pro de un juego dialéctica carente de contenido como  es la política actual. La democracia, nos dicen, es debate, es no violencia y respeto a las diferentes opiniones, es ese sistema que casi ha alcanzado la perfección por reflejar siempre lo que quiere el pueblo. Lejos de ser así, los debates son abstracciones vacías y ese constructo teórico tiene la función de encubrir lo que realmente es la democracia: una forma más de ejercer poder sobre nosotros.

 Un poder que de primero nos intenta convertir por todos los medios en ciudadanos que reproduzcan sus valores pero que tampoco dudará en ejercer la represión violenta y directa contra aquellos que no han sido bien adoctrinados. Vivimos, en definitiva, en un totalitarismo que en vez de ir de frente utiliza palabras como “democracia” o “pueblo” como subterfugio, como bonito envoltorio para que traguemos mejor su sistema de dominación.

Reproduce sus valores incluye aceptar que no sabemos bien lo que nos conviene, que otros lo sabrán mejor y lo defenderán mejor. Cedemos así nuestra autodeterminación, no pudiendo existir así ningún sistema horizontal e igualitario por vernos relegados a una eterna minoría de edad. Nuestros dirigentes serán los que hablen y decidan por nosotros porque saben jugar a ese juego dialéctico vacío en el que nuestras vidas son reducidas a números y letras. Cualquier contacto con la realidad ha sido proscrito en pro de ser democráticos y civilizados, llegando al absurdo de condenar a quien roba porque se muere de hambre. El ciudadanismo que atraviesa diferentes movimientos sociales como el 15M no es más que la asunción de esta mentalidad democrática que sólo nos lleva a reproducir estructuras de poder: la victoria de un sistema autoritario que ha conseguido neutralizar en gran medida la protesta social.

Los anarquistas, por el contrario, siempre hemos defendido que no existe un buen dirigente, que aquel que pretenda decidir por nosotros siempre nos estará arrebatando nuestra capacidad de decidir por nosotros mismos siendo nosotros, los que sufrimos el problema, los que mejores sabremos  cómo ponerle solución. Sabemos como oprimidos que lo que queremos es acabar con cualquier forma de opresión y tenemos las herramientas para conseguirlo en la acción directa, la insurrección, la revuelta, la huelga salvaje y finalmente en la revolución social que nos traerá un mundo nuevo. Por ello, siempre hemos optado por organizarnos de manera horizontal e intentando alcanzar el consenso, siendo el único modo en el que se tiene en cuenta la opinión de cada uno de nosotros en la organización de las formas de lucha y de la futura sociedad, el comunismo libertario. Arranquemos nuestra vida al Estado y el Capital y a las diferentes formas que reproducen sus sistemas de valores y empecemos a vivirla.

 

 Texto extraido de la Revista de Pensamiento y Crítica Anarquista Adarga, nº 2

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