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jueves, 6 de febrero de 2014

NO ME CABE EL ESTADO EN EL COÑO


No me cabe el Estado en el coño

 Soy la enésima carta abierta que le escriben, señor Gallardón. No creo que haya leído ninguna de las anteriores por lo que nada me hace sospechar que vaya a leer esta pero esa no es excusa para dejar de intentarlo.

 Le advierto que siendo adolescente me hice un montón de piercings que luego me quité. Agujerear mi cuerpo fue una experiencia que a usted debe parecerle aberrante. En muchas culturas no lo es. Lea y verá que no le miento. También me tatué y me teñí el pelo en alguna ocasión. Por el amor de dios, ¡hasta dejé que me arrancaran las cuatro muelas del juicio cuando ni siquiera me habían provocado un triste flemón! Así, porque sí, porque lo decidí.

 Siguiendo con las confesiones, le reconozco que soy una pro vida convencida. Fíjese si soy pro vida que no quiero que ninguna persona muera de hambre habiendo en el mundo comida de sobras, de enfermedad porque la pobreza no le dé a alguien para una vacuna o en un bombardeo patrocinado por el interés de vete a saber quién. Fíjese si soy pro vida que me importa un bledo con quién se acuesten mis amigos, si alguno de mis familiares siente que sus genitales le llevan la contraria o si usted dedica la suya a rezar, hacer puzzles o irse de putas. De verdad, me da igual.

 No me da igual, sin embargo, que usted se crea con derecho a decidir sobre mi existencia. Fundamentalmente porque mi cuerpo es de las pocas cosas sobre las que tengo certeza y fui, soy y seré la soberana absolutista de sus fronteras.

 Sé que su concepto de vida y el mío son distintos. Quizá un día podamos sentarnos a charlar del tema y así de paso también zanjamos el asuntillo ese de la eutanasia.

 Ya le aviso que lo primero que deberá usted aclararme es su interés por proteger algunas células de mi cuerpo mientras otras me las condena a listas de espera eternas cuando no a muerte. Quizá sea yo muy de letras pero no entiendo que un óvulo al que se le ha colado un espermatozoide tenga más derechos que una neurona o un riñón.

 También deberá explicarme por qué el Estado me considera capacitada para votar, hacer la declaración de la renta y, en definitiva, cumplir con mis deberes ciudadanos pero no para decidir sobre si quiero ser madre o no. Comprendo que basándose en las mujeres de su partido usted ha podido concluir que una puede llegar a ser Ministra sin saber quién paga las facturas de sus cumpleaños pero créame que no es lo habitual. Yo, por ejemplo, no sé hacerme tanto la idiota. Lo he intentado pero no me sale.

 Podríamos aprovechar la ocasión para que me responda por qué a usted se la trae al pairo si decido unilateralmente cortarme las venas o lanzarme al vacío desde el balcón de mi casa y en cambio considere que necesito la aprobación de no sé qué cantidad de expertOs respecto a si debo alumbrar una criatura o no.

 Me faltan lecturas para entender que algo tan arbitrario como un Estado pueda decidir sobre algo tan libre, único e individual como un cuerpo. A priori me parece algo totalitario pero seguro que soy yo, que tengo la retina algo enrojecida.

 De lo que estoy segura, es que si usted fuera un pro vida convencido le preocuparía que un banco no pudiera dejarme sin el derecho universal a la vivienda. Probablemente no dejaría a las personas dependientes sin la ayuda que hace de su vida algo más vida. Tampoco vería como un avance traer al mundo a más personas dependientes porque ser dependiente es una putada lo mire por donde lo mire.

 Si usted fuera pro vida convencido, como yo, no me habría declarado una guerra y no reformaría el aborto desde el ministerio que dirige porque si a mi coño no le cabe ninguno de los significados de la palabra justicia, imagínese un Estado entero.

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