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domingo, 19 de enero de 2014

COMO EL CANGREJO


Como el cangrejo

(La Idea Libre, 03/06/1899)

Entre las felicitaciones y adhesiones a Castelar cuya inutilidad se ha encargado de evidenciar la muerte publicadas en El Liberal, figuraba días pasados una de Carmona firmada por los representantes de varias sociedades obreras.

Su lectura me causó pena, porque trajo a mi memoria recuerdos de tiempos mejores.

No es que “todo tiempo pasado sea mejor”, sino, como dijo el poeta y como repetiría cualquier escéptico de esos que narran sin brújula, y que, en punto a ideales, lo mismo les da una cosa que otra, porque viven al día y no ven más allá de sus narices, es que en la referida felicitación he visto un deplorable retroceso.

Por el año 1872 fui yo a Carmona. A la sazón estaban asociados casi todos los trabajadores de la localidad y afiliados a La Internacional. Existía allí un centro denominado, no sé por qué, La Lata, que servía de punto de reunión a los trabajadores, y en él tuve agradable ocasión de hablar con muchos y exponer en una conferencia el ideal emancipador.

Recuerdo haber fijado especialmente la atención en la línea que separa al político del socialista, denominación esta última que aun no había sido desprestigiada por no haberse dado a luz el llamado partido obrero. El asunto era candente entonces, por el interés que mostraron siempre los políticos en tener trabajadores dispuestos a votar y a batirse para darles el poder, exigiéndoles que aplazasen sus ideales hasta el día siguiente al triunfo de la república, con lo que querían que todo movimiento social se subordinara a la política, que es precisamente lo contrario de lo que consignaban los Estatutos de La Internacional y lo que producía el entusiasmo de los trabajadores carmonenses y era fundamento de su fe.

Lo que entonces no pudo hacerse, porque había entre los trabajadores de Carmona claro concepto del Ideal que debe inspirar los actos y la conducta de las agrupaciones obreras, se ha conseguido ahora por lo visto, y como esto es una abdicación y un paso de cangrejo, cosa tan contraria al convincente entusiasmo de mis recuerdos, lo siento y lo manifiesto públicamente, esperando tocar la conciencia de los que aun vivan de aquella época y tengan responsabilidad en semejante torpeza.

Sabíase entonces lo que años después, en el Manifiesto de la Federación Barcelonesa, se fijó con precisión exactísima; esto es: que la democracia considera como unidad social el ciudadano, y son ciudadanos todos: lo mismo el rico holgazán, el privilegiado explotador, el burgués usurero, el mandarín tiránico que el trabajador que carece de instrucción y de pan, y que acaba su triste vida sin tener sobre qué caerse muerto.

Sabíase también que el socialismo (el legítimo, no el mixtificado) desecha como artificial, falsa e injusta la unidad de los políticos todos, vasallo o ciudadano, y establece como verdadera unidad social el productor, porque fundada la sociedad, no por el pensamiento de una providencia extranatural, sino por el hecho material de necesitar los hombres cambiar los productos limitados de su industria para la satisfacción de sus múltiples necesidades, todos los asociados deben contribuir al acervo común con su trabajo para tener derecho a sacar lo necesario para su consumo, sin más excepción que la de los incapacitados, considerando a los niños con derecho como futuros productores, y a los ancianos como productores jubilados.

Nada diría de la inútil felicitación carmonense, como nada digo de otras muchas felicitaciones igualmente inútiles, de que da cuenta el diario nombrado, si no fuera por el carácter obrero de las entidades felicitantes, que de tal modo reniegan gloriosos antecedentes; pero me parece tan absurdo apelar a la denominación de trabajador para realizar acto de burgués, como si una academia de medicina rezase una parte de rosario al terminar sus sesiones (y yo sé de una que así lo hace), o un capítulo conventual que tratase de jugadas de Bolsa o de explotar un negocios (y no hay pocos que de eso se ocupan), o que a unas y otras corporaciones les está tan bien como a un cristo un revólver de ordenanza.

En resumen: los trabajadores de Carmona se han despojado del carácter de tales y se han revestido del de políticos; se llamarán ciudadanos, pero de hecho y voluntariamente serán esclavos, que es lo único que les corresponde por haber abandonado la vía racional de la justicia para enredarse en las malezas del matorral de la política.

¡Qué pocas felicitaciones sinceras y honradas recibirán los trabajadores carmonenses por su felicitación al hombre que hoy lloran muchos con lágrimas de cocodrilo!

Anselmo Lorenzo

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