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miércoles, 19 de junio de 2013

SOMOS, FUIMOS Y SEREMOS LO QUE QUERAMOS, NO LO QUE QUIERAN


SOMOS, FUIMOS Y SEREMOS LO QUE QUERAMOS, NO LO QUE QUIERAN

“¿Anarquist as? Eso es cosa del pasado”. Claro que sí: somos cosa del pasado, del presente y del futuro. Somos herederos de una rica tradición libertaria que se prolonga por más de un siglo y que no ha cesado de buscar un mundo mejor, más libre y más igual.

En cuanto el sistema liberal dio sus primeros pasos, comenzó a tener resistencia  enfrente. Trabajadores y campesinos marginados por la cosificación constante de la vida se rebelaban contra un modelo de existencia que los convertía en meras herramientas de acumulación de dinero.

Pronto surgirían diferentes escuelas críticas, pero solamente una de ellas perduraría en el tiempo negando que para la libertad económica, para la igualdad de los seres humanos, haga falta la tiranía de una nueva clase: esos eran los anarquistas.

No tardaron mucho en entender que el mundo del trabajo era uno de los campos más importantes en cuanto a la lucha social y los anarquistas inspiraron u organizaron sindicatos: nacía la CNT, el anarcosindicalismo y el movimiento obrero más significativo de cuantos han pisado estas tierras. Esa fue la CNT de los años 1910-1936: la que reivindicaba jornadas razonables y mejoras en las condiciones de trabajo mientras preparaba la llegada de una nueva sociedad.

La labor de esas décadas es inmensa y dejará huella en un movimiento anarquista siempre creativo y rico en propuestas: se crean escuelas obreras para niños y mayores, se editan infinidad de libros sobre temas variadísimos (desde el análisis social hasta el campo de la ciencia, que motiva incluso la visita de Einstein a los locales del sindicato), se practica el ecologismo, el naturismo, la liberación de la mujer, toda forma de cultura al alcance de las posibilidades del momento. Pero también se lucha duramente.

Nunca los anarquistas nos dejamos pisar sin respuesta. Fieles a nuestra máxima, “ni dios ni amo”, respondemos a los golpes con la revuelta. En esos años los empresarios (hoy, emprendedores) crean sindicatos de pistoleros para aniquilar a los anarquistas y los anarquistas responden. Responden y vencen. Mientras, preparan la revolución.

Y estalla la guerra y la revolución se desencadena. La única vez que en Europa el fascismo encuentra una feroz resistencia es en España. Resistencia organizada en buena parte por los anarquistas de CNT, FAI, FIJL y Mujeres Libres, que saben que no se puede oponer al fascismo la misma vida miserable que la República había dado al pueblo. Es necesaria una revolución que ponga en manos de los trabajadores las decisiones. Miles de fábricas y campos colectivizados funcionan en la que es la experiencia más rica y profundamente revolucionaria que se haya dado en la historia, llena de pasajes ejemplares y, por supuesto, de errores.

Y vence Franco y la CNT y los anarquistas no cejan. Se organizan al instante y comienzan a intentar derribar la dictadura, incluyendo la posibilidad de la muerte del Caudillo. Ni un solo momento los anarquistas dejan de conspirar contra el régimen y por eso son encarcelados o asesinados.

Se quiere borrar su huella a toda costa y se los asimila al “comunismo”. El tiempo aunaría los esfuerzos de Franco y los de los historiadores filocomunistas que intentan minimizar la resistencia anarquista para reducirla a sus partidarios.

Pero Franco muere en la cama, pese a los variados intentos libertarios de que esto no ocurriera. Y se gesta la llamada transición y los anarquistas vuelven alegremente a las calles, poniendo el dedo sobre la llaga: mientras muchos andan bajándose los pantalones o fumando felices la hierba de la nueva democracia, los anarquistas denuncian públicamente, en manifestaciones y mítines multitudinarios, el pastiche que se está fabricando: un olvido total de lo ocurrido, la permanencia de las estructuras y representantes del poder franquista y el fin de la protesta social. Llaman la atención contra los Pactos de la Moncloa, contra el modelo sindical que se quiere imponer, frente al capitalismo democrático que muy pronto dará señales de ser tan rastrero como cualquier otra forma de gobierno. Se suceden las torturas en comisaría, los asesinatos en manifestaciones e interrogatorios y se inventa la gran excusa de la democracia:

el terrorismo, que todo lo justifica, que todo lo derriba. Se acusa a los anarquistas de ser terroristas y así se frena la respuesta ante el pacto de Estado para convertir esto en un corral del capitalismo americano, al amparo del soborno o de la amenaza. Pero los anarquistas siguen ahí, con una crítica tan lúcida que duele a los llamados de izquierdas, que deciden la estrategia más efectiva: ni una sola palabra sobre anarquistas.

El grupo PRISA lo cumple a rajatabla, dando voz solamente a aquellos que se llamen anarquistas pero domestiquen sus prácticas y mensajes. Sin embargo, las críticas de ese momento acaban aflorando.

Las denuncias anarquistas cuajan y poco a poco llegan a una sociedad que cuando amenaza con despertar provoca miedo justificado en el Poder.

El antimilitarismo anarquista y el movimiento de deserción que ya se había vivido a principios del siglo XX se plasma en la insumisión, verdadero problema de Estado al negarse los jóvenes a participar en la estructura militar obligatoria; la crítica a la propiedad acaba por traducirse en la okupación, un movimiento que reutiliza espacios para arrancarlos de las manos especulativas; la lucha por la liberación de la mujer cala como pocas y el feminismo es parte de cualquier concepción mínimamente justa del mundo; el modelo sindical y partidista que en su momento señalamos es lo que hoy se llama corrupción sindical y política.

Sin embargo, todas estas versiones son adaptaciones light del anarquismo, que no abandona su fin: la abolición de toda forma forma de gobierno, pues todos son corruptos y no pueden ser de otra forma, y la sustitución de la economía guiada por patrones a la busca del beneficio por la autogestión de los trabajadores cuyo objetivo sea cubrir las necesidades sociales. En esas empezamos hace más de 100 años, sí. Y en esas seguimos.

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